Vendría a una noche misteriosa
oliendo a calurosas brasas acabadas.
Y verías que vengo de muy lejos,
siempre escuchando oscuramente, en cada pisada,
como en un ropaje antiguo,
el verbo susurrado y roto,
la esquina tomada en la impensable alborada.
Porque creí creer en un cuerpo tendido
la noche más profana concebida,
la dignidad que sostuve perseverante,
y el campo de espigas soleado
que al labriego desdobla el alma,
sabrás un día que enamorarse
de este comercio que tan poco pan me daba,
y ufanarse de la pobre dádiva,
me costó solamente cerrar los ojos
y creer cerrados también los tuyos.