No sé decir
casa ni camino.
No sé decir
ni viento ni calor.
Porque mi
garganta se secó
junto a un
venero de agua,
veréis que sé pedir
poco para mi corazón.
Nunca
terminan de llover los lirios
que tanto cansan
mi imaginación,
la que nunca
me invita
a abrir los
ojos y a ver brillar el sol.
Para mayor
pena, estoy a punto
de olvidar quién
inventó
tu boca sin
palabras, taciturna,
y, frente a
la divinidad, declaración.
Es triste acaecer
así, como una turbación,
la primera, el
lapso de la simiente.