Un camino íntimo y
viejo
vio a mi alma desnuda
escalando hasta las
puntiagudas
piedras de la cima
que su entrecejo piloso
hunden casi en la luz
divina.
Al llegar, le dije al
buen Dios:
Mi alma erigida con
lágrimas
es la que viene a
encontrarse con Vos.
Vi una humareda en la
cima
y formé la imagen eterna
de mi Dios.
Una humareda, sólo una
humareda.
¡Mi alma erigida con
lágrimas
y Vos una humareda!
Es cuanto sé de vuestra
esencia eterna.
Me dijo el buen Dios:
Cada piedra de tu alma,
con lágrimas
mías vertidas, yo las
formé
en el origen de los
tiempos.
Nadie sabe tanto de mí
como éste que ve mi
verdadero rostro
de sollozos y lamentos.
Entonces, un pájaro
voló entre los dos
y yo soñé su sueño de
muerte
inminente.