Soy de un ayer
pretendido
por hombres buenos
inculcados
de la incógnita
terrible:
¡No saber qué nos intercepta
en el caos!
¡No poder pararlo ante
un infierno!
Arrolla toda libertad,
prescinde de explicaciones,
no tiene dilucidación
esta conspiración
contra la belleza
y el bien que debimos
rechazar.
Pero, Señor, ¿cómo
abandonar
después de haber amado?
¿Dejaremos, si
pudiéramos, repudiadas
cuantas cosas nos
amamantaron
aquel día purpureo y
soleado?