Color de una
sentimental despedida
que la boca engulle, y depone,
como animal o dios, sobre
trigales en cinta,
que azotan la palabra
interminablemente,
y, cual encima de la
roca, un vómito la bañara
del dolor perfecto.
Adiós, decimos.
¿Qué se ha roto, pues? ¿Se
queda sola la vida?
Adiós, y diríase que
los brazos que el fuego
licúa no han llorado
nunca de esta manera,
y que el color del
ocaso
nunca fue tan
vespertinamente llamado
sombra.