Respondieron tinieblas lastimadas,
con un verbo pobre, ¡tan pobre!,
que los bichos miraron a Dios,
tan vivos tan muertos y confusos,
de abajo del abajo a un cielo en mis ojos míos.
Y no hubo un otoño para cubrir con una brisa libre
mi estampa de pobre hombre,
ni aliento en el vinagre,
ni dientes ni garras, ni una cerradura para encerrarme.
Sólo me miro el alma mía de los desheredados
y la espada más cobarde,
que entró tibiamente en la oscuridad del vientre
dos veces amariconando por el berrido de mi amor,
sí, amor amariconado a mi destino.