Nadie calmó su sed
y a media noche concibió una mañana,
tan hermoseada y reventando de primavera,
que en su deslumbramiento clareaba,
sobre su estancia, el estertor de una estrella.
Y pensó: ¿Es la sed que en mí clama
y el firmamento de muchedumbres
una sola oración y llamarada?