Miras el cielo mejor de todos
y te das cuenta que quedan por engrandecerte
esas estrellas que no parpadean,
que escribieron tu destino en los fríos
donde desapareció un pedacito de tu alma buena.
Si eres sincera querrás calentarte
en el húmedo lucero, aquél que contemplamos
cuando aún no existía
la joven Tierra de animales devorados
junto al odio que no comprenderemos.
Estás. Eso importa. Llegas, nos miramos
en este inmenso templo de sacrificios,
donde moran los lobos y las dentelladas,
donde sólo es imprescindible la explicación
del amor y la muerte que nos persiguen.