Nubes labriegas, negras, llegan del sur
en una danza taciturna y secreta.
Vienen con sus danzas
por no sé qué voces antiguas llamadas,
imantadas vienen por no sé qué voces
a rendir un pleito sangriento al atardecer.
Rojamente el agua danza a lo lejos.
El horizonte es la llamada,
y hay ecos de membranas rotas que las llaman,
gargantas que llaman ásperas y arcanas.
Todo es clamor de viento y libertad.
Y al traspasar el horizonte, no queda nada,
nada, nada, nada, ni la memoria,
ni de su danza roja queda nada,
ni la mente de un soñador que observaba,
nada, nada, nada...