Aquel sol que nos abrigaba de niños
en los inviernos, que en el aire puro de la mañana
renovaba la juventud de su luz,
medita hoy conmigo la sombra que atrás
íbamos dejando de un sueño infantil.
Entramos con alguna década más y un desamor
en la alegría, y la tristeza por no se sabe qué,
y empezamos a pagar los intereses por vivir.
Hoy bajo el sol aquellas penas llegan
con nitidez, pero sin el aborrecimiento
que parecía fijarse en las almas nobles de entonces.
Ya lloramos las penas vivas ¿qué nos quedaba?
Maduraban los árboles, y nosotros
mientras huíamos de los murmullos humanos,
con unos billetes de cien en los bolsillos.
Nos quedaban unos tibios pechos por andar,
una palabra de mujer en la atardecida
de la noche profunda que no huía,
que nos esperaba sabiamente oscura
en una noche de borrachera y llanto.
Muchos llegamos a las multitudes exhaustos,
otros nos prometimos la soledad
desde los primeros rayos de sol de diciembre,
intimamente aborrecida o amada.