Ahora, que
son buenas las lágrimas
que viertes,
derrama todo tu caudal.
No sabrás,
un día, cómo se apagó
tu corazón bárbaro,
y querrás llorar,
como niño,
en un tiempo venidero,
cuando en tu
pecho se estanque el dolor
y el cielo
grisáceo alumbre en el lecho
tus ojos
secos, y se rompa
la gramática
de tu herética oración.
La música de
tu arpa no desandará el camino
ilusorio que
ha de blanquear tu frente.
¡Dolor que
una vez confiaste al amigo!
¡Y esta pena
última sin remitente
que clama, a
un tiempo, y escupe al cielo!