Viril vibración de la
luz era arriba. Caían hojas muertas desdeñando su oro en una pesadilla que
reposaba en su tragedia. Me hundí en la fiebre, entre tormentosas puñaladas que
destilaban oro de una gran postrimería de la luz que sería otra mañana. Sacudido
por mi propio grito de horror desperté filósofo y sucio, trasgresor. Me abrí
paso entre el viento, y mi frente rompiendo su tibieza se elevó contra el cielo
azul. Bella fue, me dije, y comencé a recordarla. Y en sueños me entregué a las
rosas que habían desaparecido de la Tierra, y me dirigí a Dios. Y le dije: Tú como
yo, Señor, ya sabemos más de lo que querríamos saber.