La Ciudad de Dios
Capítulo primero
El olor a flores de cementerio enfocó sus fosas nasales hacia el exterior. Los muertos en los velorios entrelazan sus dedos y cierran
los ojos. Es como si esperaran una visita importante y nada pudiera distraerles
de la espera. Un televisor encendido en el patio dio la crónica de la lluvia.
Seguiría lloviendo por mucho tiempo. ¿Hasta cuándo?, se preguntó Pepito.
Cerrando la entrada al portal, estaba el coche que transportaría el ataúd. Nada
hubo tan relevante en aquel invierno como la novedad de contar con un muerto en
la joven Ciudad de Dios. El misterio de un coche tan grande y con tantas flores
no fue revelado a Pepito hasta que bajaron al muerto. Entonces se abrió paso
entre las piernas de los mayores y consiguió ver su cara. Sin duda, era la cara
de quien tiene una cita importante que consumar.
El coche grande dio unos pasos y se caló. Era la voz oculta del
muerto quien hablaba en aquel percance y decía que no quería marcharse de casa.
La lluvia crepitante empapó los atuendos negros de los perplejos parientes.
Tenían que hacerse los distraídos porque ofrecerse para empujar el coche era
desobedecer la voluntad del muerto, aunque secretamente fuera que no querían
ensuciarse en el barro de las calles y las aceras sin pavimentar. Cuando el
frío oradó hasta llegar a la piel, la benevolencia se les aflojó en un acto de
mala educación resguardándose debajo de un árbol. Estaban esperando lo
imposible porque la lluvia no dejaría de caer hasta que el libre albedrío del
muerto decidiera que estaba dispuesto a marcharse de casa.
Jamás los parientes muestran alguna clase de urgencia por enterrar a
sus muertos. Esta paciencia es ultrajante para el muerto porque lo que quiere
es descansar pronto bajo tierra. En la estación veraniega huelen mal y atraen a
las moscas. El calor pesa como el mármol y es una profecía fácil de lo que
acontecerá después. El muerto protesta con espasmos que asustan a los niños.
Nada qué hacer. El muerto debe esperar a que los parientes queden bien con los
más cercanos. Sin embargo, la larga espera a que el muerto este listo para ser
enterrado no es indeseable. Las luces de las farolas ya se habían encendido
mientras los parientes tomaban un tente en pie con vino debajo del árbol. No
esta bien obligar a nadie a hacer lo que no quiere, y el muerto no quería
marcharse lejos de su casa y sus vecinos. Muchos factores justificaban su
actitud. No hace falta que redunde en que morirse es la más serio que puede
sucederle a una persona, y este muerto lo sabía mejor que ninguno. Al
encenderse las farolas, todos pudieron percibir un rumor raro dentro de auto.
Eran las tripas que empezaban a evacuar solas todo el alimento que el difunto
quería llevarse por si acaso consigo.
Los muertos parece ser no mueren del todo hasta que se pudren. Los
parientes, que estaban empezando a pensar que el muerto era un aguafiestas, no
pudieron representar en sus mentes el acto siguiente que habría de depararles
la vida. Estaban en blanco, y desconcertados porque tenían la sensación que la
cadena de hechos que han ocurrido en la tierra desde el principio de los
tiempos estaba a punto de acabarse. Inmóviles en la intemperie, cavilaban qué
hacer sin dar con el acto razonable que los sacase de la parálisis.
Afortunadamente los muertos no mueren del todo hasta que se pudren. Llevarlo
otra vez al velatorio era un cuadro ridículo. Arrinconarlo al lado de los
contenedores de basura les pareció más propio. El muerto olía a mierda y a
putrefacción. Junto a los desechos de los vecinos no se sentiría acomplejado ni
la viuda daría de qué hablar al atribuirla un muerto tan indecente.
A las 2.30 de la madrugada, cuando el frío atraviesa los poros de la
piel y llega hasta el corazón apagado de los muertos, el ataúd se abrió. Seguía
lloviendo a cántaros, y alguien con el pelo engominado sacó la cabeza de la
caja para respirar el aire gélido de diciembre. Envolvió con sus manos la
petaca de aguardiente que aún guardaba en el bolsillo y se enjuagó la boca para
asimilar con más lucidez todas las cosas extrañas que pasan cuando uno bebe más
de la cuenta. ¿Qué hacía un hombre tan inteligente como él en un ataúd
extraviado junto a los contenedores de la basura que además exhalaban el olor
a putrefacción de una guerra civil? A pesar de su gran inteligencia y de la
nueva lucidez que le había proporcionado el aguardiente, siguió sumido en un
estado de perplejidad de la que se dijo que sólo las grandes mentes de nuestro
siglo como la suya podían destrabarse.
Instantáneamente puso la mente a trabajar. La realidad le estaba
proporcionando datos a chorros con los que debía resolver el enigma. La
imperiosa lluvia refrescaba su frente. Bajo la lluvia se dijo que los datos
parecían contradecirse. Un ataúd está concebido para dignificar la
postrimería. Había sido dignificado para posteriormente ser afrentado al lado
de unos contenedores de basura, o había sido afrentado para posteriormente ser
dignificado. Sabía que alguien le odiaba y alguien le amaba. Se encontraba en
el camino de un gran hallazgo porque conocer al amigo y al enemigo ofrece la
certeza absoluta de a quien se le puede pedir un favor y a quien no. Su
perspicacia continuó. Un hombre odiado remite a un pleito sin resolver. Sin
duda, había sido odiado por alguien cuya antipatía se ocultaba bajo las
tinieblas del anonimato. También era amado anónimamente. ¿Pero se conocían
ambos, adicto y discrepante, o por el contrario se odiaban tanto
desconociéndose en el misterio de los habitantes del mundo que convergían
impenetrablemente olfateando cuál sería su siguiente fechoría o su acto de
amor? Habían coincidido el mismo mes, la misma hora y el mismo lugar. Uno lo
había agraviado depositándolo al lado de unos contenedores de basura. Otro lo
había confinado dulcemente en un ataúd. Del terreno de la investigación
policial había pasado de un salto al terreno de la metafísica, así que creyó
conveniente beberse el resto de la petaca hasta que sintió un sueño placentero
y se entregó a él sin oponer resistencia.
Nuestros viejos deberían pensar más. Sentarse en los parques
mientras el sol les curte la piel tendría que ser el pasatiempo de los jóvenes,
pues la piel curtida es un adorno que desarrolla el narcisismo propio de la
edad. A mi parecer la calidad de nuestra visión de las postrimerías de la vida
ha sido precipitadamente influida. Un viejo pensando refulge como un sol a
punto de extinguirse. Mal influenciados por las generaciones ulteriores añoran
la preciada juventud. El licor que nos procura cada etapa de la vida debería
ser degustado con la concupiscencia de los depravados. Por eso es tan
importante saber la edad que tenemos, y señalar los años que cumplimos con una
cruz de tiza en la pared.
Nuestros viejos no piensan porque es doloroso pensar. Pensar se
parece al pinchazo que nos daba el practicante en el culo cuando éramos niños.
A veces las punzadas se hacen sentir más cuanto más acostumbrados estamos a
ellas porque apretamos el pompis. Pobrecitos. El viento del pensamiento sopla
hacia donde quiere y arremolina espinos. En el fondo de todos nosotros hay un
temor a pensar ya que el hechizo de la vida no requiere de éste, y este temor
se parece al temor de quedarse flotando en la ingravidez del espacio infinito.
Los viejos parecen haber abandonado cualquier incursión más allá de saber la
hora del paseo o la merienda porque están seducidos por la ingravidez. El
viento del pensamiento sopla donde quiere, y las pompas de jabón que levantan
explotan en el aire. Es triste no saber a ciencia cierta qué será de nosotros.
Cuando la solución es volver al practicante, abandonamos.
Lloraba la pobre mujer del muerto Juan Francisco cuando lo sacaron
del auto fúnebre para repararlo, y depositaron el ataúd junto a los
contenedores de basura. Sabía que su marido no iba a escapar tan fácilmente del
mundo de los vivos. Dejarla en paz a los sesenta y cinco años era el mayor
suceso de buena suerte que le había ocurrido desde que se casó. Lloraba la
pobre mujer del muerto pero de rabia, porque conocía la testarudez de Juan
Francisco. Sabía también que a esta clase de hombres el Señor no los quiere en
el cielo ni el demonio en el infierno. Se calmaría de los nervios cuando lo
viera debajo tierra, y podrido. Sucede que el Señor no los quiere en el cielo
porque dinamitan las teologías de los santos padres de la Iglesia, y, por el
tiempo que duran en despabilarse del letargo eterno para escucharles, les hacen
llorar de lástima por el tiempo perdido en sofismas dudosos. Tampoco los quiere
el demonio porque son inconvertibles a los Testigos de Jehová que son los
únicos cristianos que van al infierno. Refieren las tradiciones familiares del
muerto que su bisabuelo alcanzó los ciento quince años de edad, y que no murió
de muerte natural. Refieren estas mismas fuentes que tenía enemigos entre
algunos partidarios de volver a los tiempos juiciosos de la Santa Inquisición.
Las sospechas de todo el pueblo recayeron sobre éstos, pero los curas no
querían reyertas provocadas por sospechas que no se pudieran solventar con certidumbres,
y calmaron con sus sermones la violencia que levantó al pueblo entero para
descubrir la verdad. Se llamaba Juan Francisco, y fue querido y recordado hasta
mucho después de su muerte. El acontecimiento de la supuesta muerte violenta de
su bisabuelo provocaba en el otro Juan Francisco, el que no quería ser
enterrado tan pronto, una secreta admiración y una profesión por seguir los
dictados que singularizan la sangre. En mil novecientos sesenta y cinco, el
bisnieto que no quería ser enterrado tan pronto, era profesor de primaria para
los niños que no sobrepasaran los cinco años, pero ya administraba lenguas
muertas y una rudimentaria filosofía a todos sus alumnos, con el consentimiento
que le daba la ignorancia de sus padres.
En mil novecientos sesenta y cinco, sólo había un barrio tan grande
como el de Pepito. Se habían construido torres dispersas en la periferia del
centro, pero solamente había una zona con ambiente de barrio barrio como el
suyo. Lo había visto Pepito una vez que su padre tuvo que hacer unas gestiones
muy lejos del centro. Estaba tan lejos que Pepito no supo si el orbe cristiano
entraba dentro de sus límites. Pero su verdadero asombro fue encontrarse con
todas las calles asfaltadas. El lujo de las viviendas le causaba una suerte de
ansiedad sin identificar que no podía concebir un hogar hospitalario fuera de
la pobreza. Lo vio de pasada y jamás lo olvidó.
-¿De qué se alimentan los niños ricos? -le preguntó a su padre.
-Sólo de pasteles -le contestó éste.
Dos días después, su maestro y amigo don Juan Francisco se
emborrachaba y moría de una enfermedad que el médico que le atendió prefirió no
reseñar por la cuenta que le traía a su reputación. Cuentan que cuando le
comunicó el dictamen a su mujer, ésta sintió un mareo y se sentó en el sofá de
casa. Repuesta, el médico creyó ver caer de sus ojos una lagrimita. Tal vez
fue su único acto sincero inspirado por el subconsciente, porque entonces los
matrimonios no hablaban de amor, ni era bueno para que sedimentaran como
pareja, porque evocaba las guarrerías que hacían en la cama, y era como cuando
en sueños cagamos en un retrete en medio de una gran avenida. Don Juan
Francisco sacó una vez fuerzas para romper el orden establecido por los tiempos
gélidos que corrían e hizo suyo un verso de amor de Bécquer. La respuesta que
recibió le avergonzó por el tiempo que dura una estación.
-¡Qué paleto! -exclamó su mujer.
Una pareja de esta especie hubiera contaminado en nuestros días a
muchas otras parejas si no hubieran pasado tantas cosas en el mundo. Pero la
televisión trajo el beso a las casas, y con él los versos que los militares
enviaban a sus novias a la ciudad para que no los olvidasen. El triunfo del
romanticismo fue opresor, pero en la intimidad del cuarto oscuro de sus casas
muchos siguieron soñando con los tiempos pasados. Eran tiempos en que uno podía
descuidar a su esposa a las añoranzas de otro hombre sin miedo a ser
deshonrados, y disfrutar del favoritismo ancestral de una mujer sumisa y
feliz.
Todo el mundo era dichoso en mil novecientos sesenta y cinco porque
nadie ambicionaba a la mujer de su prójimo. Se comía bien, se respetaban las
siestas, los muertos resucitaban y las mantas abrigaban más que hoy. Cuando el
viejo Juan Francisco abrió el ataúd, y lo vieron con sus propios ojos los
vecinos, ya nadie dudó que existía alguien que cuidaba de nosotros. Las
iglesias volvieron a llenarse de gente, y siempre había un joven mongólico que
se colocaba al fondo de las fotos de las bodas y los bautizos. Don Juan
Francisco echó la vista atrás y volvió a sentir el orgullo de su ancestro
asesinado a los ciento quince años de edad. Pero Pepito no olvidó nunca la cara
de quien tiene una cita importante que consumar, y filosofó sobre la muerte.
-¿Por qué dejan de comer los muertos? -se preguntó.
La pregunta lo tuvo en vilo por el tiempo que dura una estación. La
respuesta fue tan sencilla que el mismo Pepito se admiró de su ingenio para los
acertijos. Lo vio en la esquina de su casa: un viejo ruinoso admiraba como él
los pasteles de un escaparate expuestos para dar de comer a la imaginación de
los niños pobres.
-Es evidente -se dijo entonces- que los muertos no comen porque
nadie les lleva dinero.
La cara del viejo ruinoso cambió en muy poco tiempo adquiriendo
el ademán de quien tiene una cita importante que consumar. Pepito no quiso
hacerle preguntas.
Aquel día, el organillero se instaló en la avenida embarrada. Llegó
temprano cuando los albañiles tomaban el bocadillo y se largó con el organillo a
cuestas a la hora de la siesta para no molestar. Desde entonces no faltó ningún
día. El ritmillo del chotis dio vidilla a la pequeña Ciudad de Dios por el
tiempo que permaneció allí, y en poco tiempo impuso un ritmo de trabajo a los
tenderos, a los albañiles y a todos los que tuvieron la buena suerte de oírlo.
Aquella música se instalaba en el corazón de los inmigrantes gallegos y
andaluces, extremeños y castellanos, y les hacía olvidar que estaban en tierra
de gatos. Era la posesión diabólica del chotis madrileño. Oscilaciones del
cuerpo lentas y cíclicas que se dilataban de la mañana a la tarde y de la tarde
a la noche. Durantes el sueño, recuperaban las fuerzas porque lo único que
habían hecho durante la jornada era bailar y divertirse.
Una semana después trajo con él a sus dos hijos pequeños.
Diariamente, recaudaría unos tres duros. Con los dos niños vestidos de
chulapos, y enseñando a los inmigrantes como se bailaba aquella música, el
negocio subió por el tiempo que duró en difundirse en todos los hogares. Era
como una pequeña verbena de las de antes. Los hijos de organillero se prestaban
a bailar con otros niños. Bailando con ellos les enseñaban las costumbres
perdidas desde que la guerra amargó la vida de los madrileños, y las perdieron
para siempre. Los hijos de los inmigrantes solían pisar los pies de la
resignada hija del organillero, y ésta solía exclamar después a su padre:
-¡Estos andaluces no entienden de baile una mierda!
Pepito se acercó a ver qué pasaba. Corría por la calles el viento
sumiso de la navidad que nos hermana a todos. Eran las dos de la tarde y los
hijos del organillero se encontraban un poco sucios por el polvo que se había
levantado. Pero Pepito se sintió deslumbrado por el traje de la niña. Todas las
niñas que había visto llevaban falda corta, probablemente para levantársela y
hacer pipí en cuclillas en medio de la calle. Eran desvergonzadas, no como
aquella niña que ni siquiera enseñaba los tobillos, y mear en la calle hubiera
sido tan aparatoso que ni siquiera le parecía concebible que una niña tan bien
vestida hubiera meado alguna vez. Fascinado le preguntó:
-¿Eres una marquesa?
Fue la primera vez que la niña sintió la cortesía varonil, y bajó la
cabeza sonrojada.
-¿Con castillo? -insistió Pepito.
-No -contestó la niña, sabiendo que no mentía, pero empezando a
darse cuenta que había alguna clase de enredo entre los dos.
-Entonces espera un momento -le dijo Pepito.
Las calles se encontraban ensopadas en aquella época del año. Pepito
caminó en línea recta a su casa con sus botas de goma para los charcos, y al
poco rato volvió con una hucha de arcilla del tamaño de su cabeza.
-Toma -le dijo-. Una ayuda para que recuperes el castillo.
-¿Qué?, ¿cómo?
-Eres tan bonita que con un castillo te ascenderán pronto a princesa
-le dijo, y salió corriendo por donde había venido.
La niña estaba tan ruborizada que apenas se atrevió a gritarle a lo
lejos:
-¡No me importa bailar también con andaluces!
-Voy con prisas -le gritó Pepito volviendo la cabeza-. Tengo que
visitar a un resucitado.
-¡Ah! -balbuceó la niña.
La perplejidad nos restituye a un mundo olvidado. En la Ciudad de
Dios nunca hubo tanta perplejidad como la hubo aquel año. Fue el resucitado.
Dicen que el viento de la noche murmuraba palabras. Cuando todos dormían
dictaminaba mundos extraños para los que hubieran sido malos en esta vida. Un
acontecimiento como la resurrección de Juan Francisco no se olvida fácilmente.
Se levantaban de la cama y se acostaban con el mismo pensamiento. Pronto se
dieron cuenta que el mundo extraño era este y no el otro, pero porque estaban
cansados de pensar siempre en lo mismo prefirieron dejar de robarle pipas de
girasol al tendero y empezaron a atender a los enfermos de resfriado que la
joven Ciudad de Dios entregaba a los misericordiosos. Llevado por la corriente
de fraternidad, Pepito partió por la mitad el plátano de la merienda y se lo
entregó a su amigo, después de dejarse ganar dos veces a las carreras de
chapas. Tengo la impresión que entonces todos querían ser santos, aunque sólo
fuera con la parte voluble del corazón. Pero el corazón del hombre tiene
cavidades extrañas que dicen sí cuando quieren decir no y dicen no cuando
quieren decir sí.
La noche de navidad el viento permaneció en silencio. Un pensamiento
indescifrable cruzó la madrugada, pero no fue más que eso: el viento cruzando
entre los ladrillos de la Ciudad de Dios. El resto de la noche el silencio pudo
parecernos total. Los que pensaron que el silencio del viento significaba que
ya se había dictaminado el destino del barrio, y que por eso callaba, pasaron
todo el día siguiente avergonzados por estúpidos ante sus familiares. Pero en
el fondo todos pensaron lo mismo. La Ciudad de Dios iba a ser destruida por sus
maldades antes del amanecer de la noche del Señor. Las pesadillas de los niños
que oyeron murmurar la destrucción les mantuvieron despiertos a casi todos. A
las doce de la medianoche sonó el reloj en la casa de Pepito. Cuando sonó a la
una de la madrugada, el pánico se apoderó de él. ¿Iba a morirse a los cuatro
años de edad? Entonces se miró al espejo, pero no tenía cara de quien tiene una
cita importante que consumar. Era la cara cambiada del miedo. Al aparecer los
primeros rayos de sol por la ventana, respiró. Había aprendido algo nuevo. Lo
recordó de una película de romanos que vio la semana caducada: Los que van a
morir saludan antes al cesar.
Amaneció una hermosa mañana, centelleante de felicidad para todos
por el peligro superado, pero además había dejado de llover. Los que vieron una
señal en el aguacero perseverante tuvieron que admitir la verdad: Nunca habría
un muerto en la joven Ciudad de Dios. En realidad, se hallaban embelesados por
la belleza de la mañana y no podían concebir que algo tan terrible les acaeciera
a ellos. Un borracho apareció gritando en una lengua cristiana desconocida que
antepone el fonema “chi” a cada sílaba, y que sólo los niños sabían descifrar,
que los que roban pipas de girasol habían sido indultados y que no habría más
diluvios sobre la tierra, señalando con el dedo índice el arco iris que acababa
de aparecer como señal de que la alianza con Noe no había sido rota aún. Otro
borracho sopló en la cara del padre de Pepito, desenroscando un artilugio de
papel plegado, y recibiendo por ello un puñetazo de éste por la broma pesada en
una noche de tanto miedo. Pero cuando miró al cielo, y vio el arco iris tan
bonito que acababa de aparecer, le pidió perdón y le ayudó a levantarse del
suelo. Aquella mañana, la ciudad se encontraba trasmutada por la felicidad, y
hasta el atardecer reinó el amor y la concordia entre todos sus habitantes. Un
anciano tropezó en medio de la acera y antes de que cayera al suelo cinco
hombres aparecieron de pronto de la nada para sujetarle y evitar la caída. ¿Era
esto el principio del advenimiento de una nueva Era más espiritual? Soñaban los
niños que cruzaban a pie el Océano Atlántico con su botas de fontanero, a
través de los enormes charcos formados durante la época de lluvia. Las ratas de
las tiendas de alimentación y los bares salieron al exterior sin asustar a las
jovencitas, y se dejaron alimentar de migas de pan por los chiquillos.
Enmudeció el rumor de autos circulando por la avenida porque todo el mundo
sintió el impulso de pasear de la mano de sus esposas. Juan Francisco, el
resucitado, observaba todos los sucesos minúsculos, y se preguntaba si era esto
el principio de una nueva Era que acabaría con el sufrimiento humano.
Así lo soñaba Juan Francisco mientras encendía su pipa, y empezaba
de nuevo a beber en el bar. Mientras tanto Pepito subía las escaleras del
portal a toda velocidad para observar en su rostro la invisible transmutación
de la muerte a la vida. ¿Tendría en la cabeza el halo de luz de los santos?,
¿sería tan débil la próloga concedida que moriría de nuevo antes de llegar al
quinto piso?, ¿tendría la voz que da tanto susto de los aparecidos a media
noche?, ¿estaría obligado a arrastrar cadenas por el resto de la próloga?
-Está en el bar. Como siempre -le dijeron.
Los días felices son así. Uno se encuentra completamente borracho
cuando tu mejor amigo te busca para que le sorprendas con tu peor imagen. Sobre
las imágenes que podemos dar a los demás se puede hablar mucho. Uno pasa
borracho la parte más completa de su vida. Esta es la imagen que damos, y así
comienza a estropearse el día feliz. Las cosas cantan por sí mismas, pero lo
cierto es que las vicisitudes por las que pasa un hombre a lo largo de su vida
pueden ser extremadamente contradictorias. Sin embargo, ahí está la imagen que
hemos dado al comienzo. Pepito encontró a Juan Francisco, su profesor, tirado
en la puerta del bar, con la pipa aún ardiendo en la mano. Desde lo más
profundo de su ser, sintió que era una humillación despertarlo, porque don Juan
Francisco no era así. Entonces apareció una contradicción en el Pepito bueno,
y el Pepito malo dejó derivar su imaginación. Compuso una imagen suplementaria
a la que estaba viendo, y, durante unos segundos, pensó bajarle los pantalones
y dejarle con el pompis al descubierto. Entonces lloró por él.
-Don Juan
Francisco -le dijo, tratando de levantarlo-. Vámonos a casa, por favor.
La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios
Capítulo segundo
Aquel día, el organillo vibró a las diez de la mañana. Las calles
cubiertas de barro no interrumpen el tránsito de los coches, pero sí a un
afilador en su inestable bicicleta. Cuando el afilador atravesó el gran charco,
y perdió el equilibrio mirando el organillo, el pobre viejo no pudo levantarse.
La pregunta correcta era esta: ¿Qué esta pasando en el barrio que los muertos
pueden levantarse y los ciclistas encallan en la simplicidad de un charco, para
siempre jamás? Una pregunta circula de boca en boca máximamente por el tiempo
que dura una estación. Esta pregunta duró años en ser resuelta por los sabios
de la Ciudad de Dios. Nadie supo si el afilador había quedado atascado en las
profundidades del charco, porque lo cierto es que no se le vio más por allí,
aunque algunos refieren que abandonó (para siempre jamás) el oficio en
decadencia.
Para Juan Francisco, fue otra pregunta irresoluta. Por entonces se
hallaba algo melancólico, y empezaba a amar la vida, es decir, las cosas que
valen de la vida, que son pocas. Le gustaba mucho conversar con Pepito cuya
inocencia le hacía pensar a su vez en la inocencia del pensamiento humano. El
pobre Juan Francisco se estaba haciendo muy viejo. Al tiempo que su corazón se
volvía más débil y desfallecía, desfallecían con el todas las bases sobre las
que se había sustentado su mundo. Entonces empezó a hablarle a Pepito de que
tarde o temprano habría un muerto en la Ciudad de Dios.
-¿Se ha cumplido ya la prórroga? -le decía Pepito al resucitado.
-No -le contestaba Juan Francisco-. Pero al Señor le satisface ser
incomprendido.
Parece ser que la muerte es un imprevisto en la rutinaria sucesión
de acontecimientos. Parece ser que este mundo es muy extraño porque podemos
prever todo con más o menos precisión, menos el momento de la muerte. El
momento de la muerte es lo que de veras incumbe, y ha sido vedado al hombre.
Pero lo cierto es que en los cumpleaños envolvemos los regalos para que el
agraciado no descubra hasta el último instante su contenido. También solemos
reservarnos lo malo para lo último. Los médicos aguardan hasta la convicción
absoluta la enfermedad depravada. Discurramos un poco: ¿significa esto que el
secreto del momento de la muerte está escondiendo un bien o un mal extremo?
Ayer llovió lentamente como un beso sentido. Algo me elevó de la
cama. Miré por la ventana y llovía. Mi primera impresión fue de incomprensión
de lo que estaba ocurriendo. La lluvia limpia el mundo por dentro y también por
fuera. La lluvia debería tener otro nombre más apropiado, como Don Limpio.
Entonces nos daríamos plena cuenta de que están ocurriendo cosas muy extrañas.
Pero cuando digo que es extraño ver llover no quiero decir con ello que sea un
acontecimiento sobrenatural. La lluvia es un pájaro, uno de lo que vemos
constantemente cruzar el cielo. Lo que ocurre es que la Tierra entera es tan
inverosímil que debería ser considerada como un suceso sobrenatural. No cabe
incredulidad para un ser que está viviendo en un mundo como este, a no ser que
las cosas tengan un nombre distinto al que se le asignó desde el principio de
los tiempos. Usted mismo confunde su nombre cuando se mira en el espejo. Si
tiene una nariz excepcionalmente prominente debería llamarse Don Nariz, y,
seguramente, al ver que tiene dos ojos, una frente y un par de orejas diría de
usted que tiene cara de chalado o de animal raro.
Cuando el organillo vibró a la diez de la mañana, todo el público
que lo escuchaba en sus casas prefirieron permanecer en la cama. Habían
establecido vacaciones por Navidad, y era una impiedad levantarse temprano. Los
que vieron el destello de luz del sol de la mañana derritiendo el vaho de los
cristales, dijeron después que habían visto el alma del resucitado Juan
Francisco vagar sin cuerpo en que alojarse por la Ciudad de Dios. Juan
Francisco lo sabía, y esa tristeza de no tener alma era una incomprensión que
le hacía recorrer los bares en sus grandes borracheras. El resucitado se
emborrachaba habitualmente desde hacía cuarenta años, pero para que los hechos
encajaran había que olvidar muchas certezas.
En aquellos tiempos las noticias recorrían como buenamente podían
las distancias de una ciudad en auge, que eran pequeñas, pero aún así no
llegaban tal y como se producían. Lo cierto es que un mes después un noticiario
nacional creyó encontrar una prueba más de la existencia de Dios. El relato
teológico abarcaba al menos dos paginas del periódico, pero apareció una
pequeña nota aludiendo al resucitado Juan Francisco. La nota decía así: “Un
gran filósofo de nuestro siglo calla más de lo que sabe”. La nota ponía término
al escrito teológico sin aparente relación sintáctica con sus últimas palabras
de dura teología, lo que hechizó de curiosidad al obispo que empezó a
preguntarse quién era ese tal filósofo aludido. El obispo lo releyó. Se limpió
las gafas con una bayetita y señaló con el dedo índice la parte del escrito en
que aparecía la alusión al filósofo.
-Todos los santos son discretos -le dijo a su ayudante-. Pero
nosotros hemos aguardado durante décadas la venida de un Maestro. Averigüe la
identidad de este gran hombre.
-¿Y si se llama Perico? -le contestó su ayudante-. Un santo no puede
llamarse Perico.
El obispo hizo un gesto imprudente que palmeaba a lo lejos los
cojonazos de su ayudante.
-Una buena apreciación, compañero -dijo el obispo.
Estaba anocheciendo mientras Pepito jugaba a las chapas. El joven
imberbe apareció vestido de negro y con una cartera de cuero con hebillas. Lo
que mas susto daba de él era la piel blanca contrastando con sus ojos rojos.
Daba miedo aunque todavía no hubiera aparecido el color en la televisión, y
nadie tuviera ni idea de que los vampiros tienen los ojos rojos. Así son las
pesadillas universales. Metidas dentro de la piel, no se las puede reconocer
hasta que no se ven en el cine, o algún cura recién salido de claustro del
seminario ve por primera vez, después de muchos años recluido, la luz del sol.
Curiosamente, hay una universalidad de sentimientos del los que solos somos
concientes cuando las practicamos en nuestras fantasías o en la realidad. El
seminarista paró sus zapatos de plástico frente a Pepito que se encontraba
agachado, jugando a las chapas, e indefenso porque si hubiese intentado correr
le hubiera agarrado por los cabellos y se los hubiese arrancado. Se hizo el
silencio. Es extraño que el miedo obstruya los pensamientos. También es extraño
que el silencio diga tantas cosas. ¿Se comería vivo el hombre de negro a Pepito
o lo aplastaría con su zapato de plástico como una simple hormiguita?
-Señor, ¿puedo irme a mi casa? -dijo Pepito.
El cura demoró el silencio recordando su infancia inspirada en el
juego de los niños. El sol del atardecer maduró hasta las tinieblas. Se
encendieron las farolas. Entonces el rostro del seminarista recobró su tez
anaranjada del claustro alumbrado por luz eléctrica. Pepito alzó la vista del
suelo, hacia sus ojos. Sin duda, no era un vampiro.
-Me han enviado de muy muy arriba para hablar con Juan Francisco
-dijo el seminarista.
-Don Juan francisco ya volvió de muy arriba -dijo Pepito.
La luz eléctrica iluminaba al seminarista de frente sumiendo a
Pepito en la oscuridad que ahora contemplaba como una emisión fosforescente que
procedía del rostro del aquel hombre extraño que venía de tan arriba.
-¡Dios mío! -exclamó Pepito-. No me he santiguado.
El silencio del seminarista era más bien ahora alguna clase de
respeto por los habitantes de aquel barrio desdibujado en la nocturnidad, y que
con el contacto con el muchachito empezaba a ser algo más que respeto. Entonces
el cura habló con mucha solemnidad:
-Todos somos hijos de Dios -dijo.
Pepito se puso de rodillas con la vista hacia la fosforescencia del
seminarista, y habló con mucha celeridad:
-Quiero que aparezca un Scalestrix en mi habitación -y salió
corriendo hacia su casa a ver si ya estaba allí.
El seminarista apenas tuvo tiempo de balbucear:
-¡Eh, muchacho! -quedándose meditando sobre la anómala devoción de
los habitantes de aquel barrio, y en la alegría que sería para el obispo cuando
le entregara un resumen por escrito de los primeros acontecimientos vividos
allí. Todavía desconocía la dirección del santo Juan Francisco, pero tuvo un
pálpito grande en el corazón que le dijo que una serie de sucesos
extraordinarios para la Iglesia sólo acababan de empezar.
Ignoro qué pensaría el seminarista cuando supiera de las grandes
borracheras del santo Juan Francisco, pero los grandes pálpitos se acomodan en
la mente resistiéndose a ser desbaratados por las grandes certidumbres que
intentan anularlos. En el fondo de sus corazones, todos en el barrio sabían que
pasara lo que pasara en el futuro el santo Juan Francisco siempre sería un
santo sin alma hasta el fin de los tiempos. Para los habitantes de la Ciudad de
Dios que pensaban que traspasar las fronteras de las últimas calles era
adentrarse en la obscenidad de un país como el francés que exhibía en los cines
películas indecentes ningún suceso era ya extraordinario, por eso callaron
dentro de su límites la insólita resurrección de Juan Francisco que resultaría
irrisoria para el pueblo vecino, y que jamás aceptarían una prueba de la
existencia de otros mundos. Fue un secreto bien guardado hasta que el párroco
de la iglesia empezó a dar muestras de insensatez llevando el asunto más allá
de la incipiente raza surgida de los ayuntamientos de emigrantes gallegos,
andaluces y extremeños. A todos les dieron cuenta de las desafortunadas
palabras en el noticiario acerca de Juan Francisco, y todos profirieron la
misma exclamación, llevándose las manos a la cabeza:
-¡Es descomunal! ¡Es desmesurado! ¡Es desorbitado!
En Navidad cesó de llover por un tiempo. Pero, a través del viento
que se desató, la voz pálida del alma de Juan Francisco vagando por la Ciudad
de Dios vaciló al principio si debería revelarles su secreto. Los acontecimientos
que mueven la Tierra no suceden drásticamente, sino que se anuncian primero con
sucesos extraordinarios que nos dejan boquiabiertos. Un mundo acababa de
empezar mientras que el otro agonizaba con estertores de tos bronquial. La voz
del alma de Juan Francisco vagando por el barrio parecía decir muchas cosas
absurdas, mezcladas con el silbo del viento, pero había dejado de llover y esto
debería querer decir algo.
Los sabios de la Ciudad de Dios, agobiados por la rutina de los
acontecimientos, creyeron ver exaltados en ello una gran señal. El elemento
agua, y la voz del cielo con sus truenos y relámpagos, no se habían calmado
para transmitir una modernidad venidera saciada de bienestar, sino que quería
decir algo más. Lo justo era pensar que nadie sabe que ve hasta que no cierra
alguna vez los ojos. Para que pudieran ver claro las generaciones futuras, el
cielo debía esperar con una gran tregua de agua, truenos y relámpagos. Pero
saber qué vendría en los siguientes años pensaron los sabios del barrio era
irresoluble para la humana flaqueza, inoperante para conocer el futuro, y
vacilaron con un legajo de papeles en el que daban cuenta a todos de su
incapacidad para resolver el asunto. Una de las conclusiones aceptadas por
muchos cristianos vino de parte de las monjitas a cargo de los pobres de la
Ciudad de Dios.
-Los jóvenes se rozan mucho en las verbenas -dijeron-. Lo cual es un
indicativo de la perversidad del mundo que nos espera.
Ciertamente, nadie sabía a qué atenerse respecto a la intercalada
sequía que vino después de la resurrección de Juan Francisco. Pero poco tiempo
después volvió a descargar una lluvia fina como la que había caído durante todo
aquel invierno, y unánimemente dieron en olvidar sus cavilaciones. El domingo
de navidad en que el clima volvió a la normalidad, el cura no pudo no exclamar
en el púlpito su apreciación sobre el futuro:
-¡Dios mío, el mundo se llenará de niños revoltosos!
Llovía en la navidad de mil novecientos sesenta y cinco. La neblina
se impuso y, los ojos turbios de vapor blanco, los substrajo a todos a un mundo
de irrealidad en el que cada cosa podía ser otra diferente como en los sueños.
La sensación de irrealidad era tan fuerte que hizo que muchos pensaran que las
cosas se estaban volviendo invisibles. Cuando se encontraban unos con otros, se
palpaban los huevos para cerciorarse de que aún existían porque no sé quien
había difundido la idea (tal vez sin pensar en la neblina y su irrealidad) de
que la virilidad era lo último que se pierde. Así de absurdas eran las
condiciones de vida que había impuesto la neblina pertinaz que sumió aquel año
a la Ciudad de Dios.
En el patio de la casa de vecinos de Juan Francisco, por ejemplo,
hablaban entre ellos a grandes voces. Se tenía la sensación de que el mundo no
era más grande que unos palmos de circunferencia. Alrededor del microscópico
mundo una neblina hacía de pared, y una lluvia fina y empalmada se introducía
en la piel con un gustillo a casa pequeña y a claustrofobia de sábanas blancas
hasta el cuello. Lo peor era desaparecer entre la neblina y no volver a verse.
Por eso gritaban cuando hablaban entre ellos, porque mientras uno permaneciera
despierto había una posibilidad de luchar contra la invisibilidad.
Llovía en la navidad de mil novecientos sesenta y cinco. Era una
lluvia delicada que olía a piel de muchacha virgen, pero sin los cojones de las
tormentas de agosto. Era como si la Tierra se hubiese vuelto sensible y poética
o cómo si la vida sobre el planeta acabase de empezar y no quisiese despertar
al hombre de estacazo. Era mejor que despertase poco a poco a quien habría de
dominar sobre sus calles y artilugios para que el despertar, que debería durar
mil años, no le asustase con el trabajo de multiplicarse y conducir un coche
para cada uno. El cura, hechizado por la belleza de sus avenidas embarradas y
las azoteas erizadas de antenas de televisión, sonrió a sus feligreses, y
exclamó:
-¡Hoy os
comería a todos a besos!
La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios
Capítulo tercero
La persistencia del seminarista venía de arriba, así que habría de
regresar algún día. La persistencia del seminarista, además, habría de chocar
contra los que creían que Francia estaba dos calles más arriba. El padre de
Pepito se movía por toda la ciudad y hubiera jurado que estaban equivocados,
pero entonces eran los niños quienes imponían su poderosa imaginación y
relataban, antes de dormirse, las historietas retorcidas de los acontecimientos
del día. La Francia no entendería, no podría entender los últimos
acontecimientos que rebosaron la conciencia de lo natural en los habitantes de
la Ciudad de Dios. Estaba nublado, estaba a punto de llover. El seminarista
apareció al anochecer con sus zapatos negros de plástico. Los niños y los
borrachos andan a la par porque tienen entendimientos similares, quizá por eso
el seminarista se acercó primero a ellos. Escrutó con la vista el campo donde
jugaban, y entonces empezó a tronar y a llover desde el cielo. ¿Casualidad?
¿Enredo del demonio?, o más bien, como pensó Pepito, que el seminarista tenía
poder sobre los cielos para hacerles retroceder a los tiempos que marcaron su
navidad un mes antes. Todos corrieron asustados ante el poder del seminarista,
pero uno de ellos fue atrapado por el hombro.
La Ciudad no quiso entender las consecuencias de una resurrección.
El reguero de agua que bajaba por la cuesta del cementerio, y que marcaba los
límites de todos los sucesos extraordinarios que habían ocurrido esa navidad,
se había desviado por cauces mundanos que sólo provocarían una tarde de risa, y
acaso acontecimientos posteriores calamitosos. Los rumores bajaban y se
desmembraban en otros regueros incontrolables. El secreto celosamente guardado
en los límites de la Ciudad de Dios sería sólo un absurdo percance en los noticiarios
nacionales e internacionales. El viejo Juan Francisco sería escarnecido por sus
mentiras y tal vez propuesto para tomar el relevo de un criminal en una de las
cárceles abarrotadas de presos. Aquel suceso no sólo iba contra una Ciudad
vertiginosamente ilusa, sino también contra la misma integridad del Régimen.
Don Juan Francisco seguía mientras tanto con sus grandes borracheras
en las vacaciones de navidad de maestro de escuela, y sin enterarse del enredo
de rumores levantados acerca de su supuesta resurrección. El organillo vibraba
al otro lado de la avenida cuando Juan Francisco salió del bar a marcarse un
chotis a solas. Bajo la lluvia rodando por sus mejillas, giraban las imágenes
de un mundo bonito pero decadente, con sus bloques de cemento que permanecerían
a pesar de todo. Tampoco él era consciente del desbordamiento de los rumores de
su resurrección ni los hubiera tenido en cuenta si hubiera sabido algo de
ellos, porque una hormiguita como él no puede más que dejarse llevar por uno de
los regueros de agua con los que los niños hacían diminutas presas, que apenas
tampoco podían controlar. Pensaba Juan Francisco que la castidad de aquel mundo
bonito de había vuelto innecesaria, pues la Tierra necesitaba de hombres de
buena voluntad que les limpiasen el culo a tanto anciano acumulado durante el
periodo de posguerra.
-Habrá que sembrar hasta las macetas de trigo para alimentar a tanto
crío -se decía Juan Francisco-.
Continuaban las navidades con su alegría, ahora pospuesta por el
pasmo, en la linda Ciudad de Dios. Los niños colgaban trenzas de papel en las
paredes de sus casas, y se divertían tirándoles alcayatas impulsadas con gomas
a las ratas que salían de los ultramarinos y los bares. Entonces el mundo
(excepto Francia) estaba bien sujeto a sus raíces y tenía una forma mansa de
girar que no escandalizaba a nadie. Cuando el seminarista subió las escaleras
del quinto piso donde vivía San Juan Francisco de la Ciudad de Dios, como lo
había apodado en sus cavilaciones nocturnas, se cruzó con otros vecinos que
bajaban y le dieron los buenos días amistosamente porque no tenían ni idea de a
que había venido a aquel portal, y acto seguido vislumbraron las razones y
corrieron deprisa a divulgar el rumor de que habían dado la extremaunción a uno
de sus vecinos. Todos en ese momento se alegraron de tener un muerto en la
estática Ciudad de Dios, y se dijeron que ya nada volvería a ser igual porque
una ciudad sin difuntos es una ciudad sin personalidad. Pepito cruzaba la
avenida con sus botas de fontanero, cuando vio al seminarista entrar en el
portal, pero comprendió en seguida que se había cumplido la prorroga y que
venían a chuparle a don Juan Francisco el resto de su sangre. El pobre Pepito
se quedó sentado en la acera de cartones pensando que la vida es vanidad de
vanidades como el mismo don Juan Francisco le había enseñado en clase. Así era
la ciencia infusa en un niño de cuatro años que no comprende nada pero sabe que
algo grande se está removiendo detrás de algunas frases.
-Vanidad de vanidades -se dijo Pepito-. Habrá querido decir vainilla
de vainillas como los helados que te enmelan las manos y chorrean por la
barbilla.
Entonces Pepito exclamó en voz alta como solía hacer su profesor y
amigo:
-¡Oh, vainilla de vainillas, me comería un cucurucho pero prefiero
un pastel de chocolate! -entristeciéndose porque todo un verdadero pastel de
chocolate se consumía en el quinto piso, gota a gota, mientras se infundía en
su mente una imputación contra sí mismo y contra todos los pasteleros del
mundo.
El barrio, construido colindante al centro de la ciudad, persistiría
en su inocencia acerca de la muerte hasta que, muchos años más tarde,
aparecieran los curanderos con sus teorías sobre la reencarnación que puso fin
a las disputas y a las exageraciones de vastos imperios sumergidos debajo de la
Tierra y más arriba de las nubes. Emborrascados, los curas arremetieron con
nuevas teorías que nadie entendía pero que dejaban un sabor a grandes palabras.
En el tiempo en que los sabios habían desaparecido de la Ciudad de Dios, las
discusiones teóricas volvieron a la palestra. Estos mediadores entre la Iglesia
y el pueblo envejecieron de viejos, y desde entonces todos descansaron debajo
tierra de los enredos mentales de un populacho amigo de novedades. Los curas
tronaron. La ciudad entera perdió unanimidad. Los enredos se enredaron aún más
y ya nadie quiso saber de la vida y de la muerte, acontecimientos que solamente
concernían a los hospitales.
Un mundo emergente ascendía de las profundidades del averno para
confusión de pecadores. Los límites del nacimiento y la defunción serían para
todos un enigma sin resolver. Inhábiles para saber cuando alguien iba a nacer o
morir, guardaron silencio hasta un tiempo prudencial en que las enciclopedias
hablasen. En las letras de vastos tomos pulcramente encuadernados vieron por
primera vez como se hacían los hijos y las enfermedades que aquejaban a los
ancianos. No les interesó lo segundo sino lo primero, y a la búsqueda de una
fórmula que dejase claro los detalles muchos se lanzaron a recorrer el mundo.
En Francia, que sólo hacía una década que figuraba en el mapa de los sabios dos
calles más arriba, encontraron lo que buscaban.
Francia si que era ahora un país lejano, a lo mejor más lejano que
la China, y esa sensación de encontrase en un mundo muy grande produjo estados
de desvanecimiento cuyas causas nunca fueron resueltas. Pero, si el mundo es
tan descomunal como dicen las enciclopedias, por qué no unir nuestro país a las
calles colindantes. Esta idea genial que, como casi todas las ideas geniales
surgió de los niños, fue aceptada, y en conmemoración de la resolución tomada
por los primeros españoles asentados en la meseta de la Ciudad de Dios las
pesetas se grabaron con la inscripción de Una, grande y libre. Así lo
dicen las crónicas más antiguas de las que no hay que dudar en los cuadernos
cuadriculados de la escuela.
Don Juan Francisco se encontraba resacoso de la última borrachera
cuando el seminarista subió las escaleras.
-¿Qué dice? -comentó Juan Francisco después de la parrafada
teológica expuesta por el seminarista.
-No me oculte nada de lo que sepa -dijo el seminarista.
-Bueno, si insiste -dijo Juan Francisco.
-Ahora empiezo a reconocerle -comentó el seminarista.
-¿Tiene fuego? -dijo Juan Francisco-. Necesito fumar.
-Inquietante -exclamó el seminarista, y apuntó en su cuaderno de
notas la excitación del santo.
Así comenzó Juan Francisco el relato de los hechos que le habían
convertido en el personaje estrella de la Ciudad de Dios. Al principio, Juan
Francisco se sintió anulado por la vanidad, más tarde por la piedad hacia el
seminarista que asentía ante lo incomprensible de su narración, tan fantástica
como madura teológicamente, hasta que se dio por terminado el primer encuentro
entre el seminarista y Juan Francisco, y éste recobró el conocimiento de su
propia personalidad suprimida por la vanidad y la resaca, y, calmándose,
exclamó:
-¡Joder! Pero si le he relatado casi al completo La Divina Comedia.
Había un gran regocijo en todo el barrio pues el santo ya había
pactado con el arzobispado el destino de la Ciudad de Dios para el fin de los
tiempos. Al parecer, el santo traía del otro mundo un mensaje esperanzador, y
la Ciudad de Dios quedaría a salvo de las apisonadoras gigantes que destruirían
la urbe. Fue una ilusión momentánea que produjo la primera salida del portal de
Juan Francisco del seminarista de los zapatos de plástico, porque, por un lado,
se creía que el arzobispado tenía el poder de la destrucción de las
destrucciones y, por otro, un resucitado traía un mensaje de más arriba. ¿Por
qué pactar un mensaje que venía de arriba, arriba, arriba? La contradicción
descubierta por los sabios no tardó en revelarles que sólo seria destruida la
mitad. ¿Pero que parte quedaría a salvo para irse a vivir a ella?
En la noche en que dejaron al descubierto entre basuras el ataúd de
Juan Francisco, el silbo que producía el viento no dejó de sonar. El silbo
estremeció todas las esquinas de la Ciudad de Dios, y nadie supo por qué el
barrio amaneció con los bloques de cemento recortados a noventa grados. No sólo
eso. El silbo pareció hablar de multitudes despachurradas. En la noche en que
el ataúd de Juan Francisco estuvo a la intemperie, pasaron muchas cosas.
Alguien vio un borracho comiéndose una pirueta y abandonar la botella vacía en
el suelo. Un niño se lanzó desde el segundo piso de su casa con el único
auxilio del paraguas de su padre, y anduvo caminando solo por el barrio hasta
que lo encontraron llorando casi en el límite de la frontera con Francia dos
calles más arriba. El silbo parecía pronunciar con dificultad las palabras
agonía, soledad, gemidos. Eso quería decir algo, pero nadie pareció entender
cuando a la noche siguiente se embriagaron de vino tinto. El pesimismo en el
que podía haber caído el barrio pasó por encima de ellos como un ave feroz, y
nadie supo retener la enseñanza. ¿Hasta cuando seguiría la Ciudad de Dios
desperdiciando su vida en la impiedad? Tal vez por eso tuvo que haber un
resucitado que les animara a una vida austera y consecuente con las creencias
de sus mayores. El pesimismo es inconstante pero la tibieza es más dramática.
En la noche de navidad de mil novecientos sesenta y cinco ocurrió lo extraordinario.
Un pobre maestro de escuela en estado extremo de alcoholismo resucitó de entre
los muertos, y todos pudieron verlo al día siguiente pasear por la avenida
embarrada tambaleándose, mientras que los que se asomaron a las ventanas al
crujido nocturno de las bisagras del ataúd nunca olvidaron un suceso tan raro.
Bastó el silencio en el que anduvieron sumidos durante meses. Las
palabras desgastan las cosas extraordinarias como el pan, los ojos, las macetas
cuajadas de flores, y ellos no podían prever la clase de amargura que aguarda a
los que olvidan a sus resucitados. Muchos pensaron que una gran noche
ilimitada descansaría sobre los cielos de la Ciudad de Dios. Pero lo cierto es
que nadie anduvo prevenido de velas, y dieron en desacordarse del peligro. Pasó
el primer día, pasó el segundo, pasó el tercero y aquella clase de cielo era un
amor y una belleza de luz desde las ocho de la mañana. Sin duda, no habían
olvidado.
Aquel día, el carbonero emergió del sótano del local tiznado de
arriba abajo menos los ojos. La silla en la puerta donde se sentaba a aguardar
a los clientes le esperaba temblando de miedo, según contaron los amigos de
Pepito. El carbonero se dirigió hacia ella tranquilamente como si ya hubiese
cumplido la misión asignada desde el principio de los tiempos. Fue la deducción
del siglo, tal como pensó Pepito. El carbonero era quien había bajado a los
infiernos para rescatar a don Juan Francisco y así darle una segunda
oportunidad. La visión espectral de sus ojeras blanquecinas contrastando con la
mugre que lo cubría no parecía desmentirlo. El cuerpo esquelético parecía
indicar el ejercicio de una lucha feroz en donde nadie lleva comida. El
carbonero era alcohólico como don Juan Francisco, y todo el mundo sabe que los
alcohólicos se ayudan entre sí. Todo encajaba. Quienes todos creían un pobre
infeliz, era un héroe.
Este rumor, que al principio fue defendido por los santos niños de
la Ciudad de Dios, fue devuelto a su lugar de origen trastornado por putas,
borrachos de un solo día y sifilíticos en curación del lugar donde vivía el
carbonero. Ayer nos alimentábamos de fruta fresca del día, hoy de los despojos
insensatos de las canteras situadas en las afueras del barrio. Aquellos lugares
daban susto ser visitados, pero los curas de pobres que los frecuentaban sólo
tenían miedo al demonio. ¿Qué decían aquellos rumores? ¿Cuál era su pez que
manchaba las buenas costumbres de la Ciudad de Dios?
Las canteras donde vivía el carbonero estaban situadas más allá de
los límites de la Ciudad de Dios. Los habitantes de las canteras eran crueles
con los extranjeros que las visitaban al anochecer, pero indiferentes a su
presencia durante el día. Pasaban de uno. Ni buenos días, ni buenas tardes.
Huraños, contemplaban la puesta de sol, reunidos, que les trasformaba en seres
feroces. Refieren las crónicas más antiguas que los primeros habitantes
practicaban el canibalismo, y, aunque nadie les dio crédito, quedó en el
subconsciente universal como una advertencia para que nadie traspasara sus
confines. En definitiva, que eran muy pobres, y como sobre todos los pobres
pesaba sobre ellos el estigma de la maldad. Aislados, nadie sabía de sus
miserias para echarles una mano, ni de sus sencillas alegrías que consistían en
la contemplación de las puestas de sol como los hombres lobos. ¿Quién sabe si
el carbonero era el Hombre Lobo que luchó contra el malvado conde Drácula en
una lucha a muerte que todos pudieron ver en la pantalla del cine?
-¿Por qué siempre gana el Hombre Lobo? -preguntó Pepito a su padre.
-Pues porque el conde Drácula se cree tan fuerte que no usa pistola
-respondió el padre con una sonrisa de asombro por su sabiduría.
Llovía en la navidad de mil novecientos sesenta y cinco. Llovía y
olía a podrido por las noches como una bendición de lo alto, porque era señal
de que empezaban a sobrar los alimentos. El reinado de las ratas se impuso, y
era una alegría verlas trotar de noche por las aceras moviendo el culo como una
adivinación de los nuevos bailes impúdicos que vendrían, y es que las ratas
perdieron el pudor con la gran hambruna de la posguerra. Defecaban, hacían el
amor y hasta se tocaban delante de todo el mundo. Por poner un ejemplo
adyacente, antes de la prosperidad había tantas putas figurando en las listas
negras de la policía que dieron en olvidar con los nuevos tiempos los
argumentos que les habían puesto al borde del precipicio de la perdición. En
mil novecientos sesenta y cinco, casi desaparecieron, porque ya no eran útiles,
ni en realidad lo habían sido nunca, hasta que aparecieron los besos en
televisión y volvieron a activar a los descarriados. El beso gustó mucho a los
directivos de la televisión. La cuestión era que atraía la audiencia, y el beso
se aplicó casi a todas las películas. Por su parte, en la vida cotidiana, todo
el mundo quería probar esa nueva ocurrencia de las estrellas del cine.
-¿Cómo es un beso” -iban preguntando los jóvenes imberbes por la
calle.
-No tiene nada de particular -les respondían los viejos para
quitarles la curiosidad-. Es sólo cómo refregarse los labios con aceite de
oliva.
Pepito abrió la despensa y sólo encontró aceite de ricino. Al
principio no le pareció una cosa tan maravillosa como para tener en vilo a todo
el mundo y le dio un buen trago. Lo soltó todo en el retrete, y al día siguiente,
cuando el organillero apareció con su hijita vestida como una princesa, puso
cara de asombro mientras se masajeaba la tripita, todavía malo por la diarrea
del día anterior y le dijo:
-No entiendo por qué las estrellas de cine no van nunca al excusado.
-¡Qué tonto! -le respondió la hijita del organillero mirando a su
padre-. No sabe que las estrellas de cine tienen el culo en otra parte.
Pero la degeneración no habría de llegar aún, porque las muchachas
se negaban todavía. Sin embargo, no maduraría esa generación sin conocer el
sabor del aceite de oliva en los labios.
Llegaron tiempos mejores cuando Juan Francisco resucitó de entre los
muertos como una señal de que el mundo aún podía reconciliarse con lo alto.
Alguno sintió el olor de las rosas en plena navidad, pero no cayó en la cuenta
del milagro hasta después de la muerte de Juan Francisco, cuando la época que
siguió al resucitado había reventado toda la mucha poca religiosidad que aún
quedaba, y calló para siempre por miedo a hacer el ridículo. Digo que llegaron
tiempos mejores cuando Juan Francisco resucitó de entre los muertos porque
nadie se esperaba que de un trompazo tan grande cómo en los que andaba siempre
sumido Juan Francisco llegara a argumentarse por los sabios de la Ciudad de
Dios toda una nueva teología. La parte más importante de esta nueva teología
centraba la tesis de que “todo es posible” al mismo tiempo que “todo
es imposible”. La contradicción era ardua de solventar, pero dieron con una
solución feliz. Hay un “Posibilitador” o “Imposibilitador”.
Posible es que haya cubos de basura, borreguitos en el cielo anunciando
charquitos en el suelo, ratas, tenderos, resucitados, al tiempo que es de
sentido común imposible que haya cubos de basura, borreguitos en el cielo anunciando
charquitos en el suelo, ratas, tenderos y resucitados. El más anciano se
levantó de su asiento disgustado ante la irresponsabilidad del Consejo de
Sabios.
-Los chiquillos se confundirán -dijo-. Cuando un pastel pueda valer
una millonada y al mismo tiempo sea gratis, la ansiedad les destruirá.
El anciano tenía las venillas de los ojos irritadas por el humo del
tabaco, cuando golpeó con el puño sobre la mesa del Consejo:
-¡No! -dijo-. No podemos sacar nuestras conclusiones a la luz
pública.
Otro anciano dijo:
-Creo que el anciano mayor exagera. La teología es como el cuento
del ratoncito Pérez. Que yo sepa ningún niño se ha mellado a sí mismo para
hacerse rico.
Otro anciano dijo ingenuamente:
-Podíamos dedicar el tiempo que perdemos en teologías en inventar un
pastel barato.
-Los pasteles siempre han sido caros -dijo otro anciano de barba
bruñida, y con ademán pesimista añadió-: Nunca lo conseguiréis.
-Enviaremos una carta a Franco para que les baje el precio -dijo una
voz.
-A Franco no le gustan los pasteles -respondió el de la barba
bruñida.
Cuentan las crónicas más antiguas que aquella tarde alguien venido
de muy lejos puso fin a la sequía de tres días por artes de magia. El hombre
exhibía unos rasgos en el rostro que daban mucho miedo, aunque él mostrara
indiferente a los habitantes del barrio la cicatriz que recorría un caminito
recto desde la patilla hasta el principio de la barbilla. Le preguntaban por
ella y él respondía que venía de una guerra. La cuestión que nos trae es que el
hombre abrió los brazos (o se desperezó) en medio de la gran avenida blandiendo
una pluma de ave, y se presentó delante del Consejo de sabios. Todos recelaban
de él, pero habló con mucha mansedumbre. Algo debió oír de lo que hablaban los
sabios porque tachó de supersticiosos y embaucadores a todos por creer que los
pasteles podrían alguna vez ser asequibles a los muchachos, y con un aspaviento
suave de sus manos venosas y delgadas y morenas, dijo:
-Yo vengo a alentarles más bien de la gran sequía que están
padeciendo para lo cual les he traído mi pluma de orangután.
-¡Ja! ¡Una pluma de orangután! -estuvo a punto de soltar una
carcajada uno de los sabios.
-Lo que usted no sabe, señor -dijo otro de los sabios-, es que
ninguna enciclopedia habla de que los orangutanes tengan plumas.
-Caballero -dijo el hombre de la cicatriz-, yo vengo de un confín
del mundo a donde todavía no han llegado los enciclopedistas.
-¡Ah!
Otro de los sabios hizo una reverencia al señor de la cicatriz y
puso en cuenco sus manos para recibir la preciada pluma de orangután.
-Es usted muy amable, señor -dijo.
-No -dijo el hombre de la cicatriz-. Son cinco duros.
Como todo lo que ocurría en la Ciudad de Dios jugaba a ser marcado
por la incertidumbre, este barrio hubo de madurar con una fe en los
acontecimientos a prueba de balas. Muchos de sus habitantes se preguntaban si
se estaban volviendo estúpidos o por el contrario muy inteligentes. De ello
nunca tendrían certeza a ciencia cierta, hasta que el hombre sabio de la
cicatriz les explicó que en el mundo había ciudades raras que se complicaban la
vida y ciudades alegres que vivían despreocupadas de todo. El día de la
despedida del hombre sabio que trajo la pluma de orangután todos tuvieron la
impresión que no se dividirían en raros y alegres, sino que serían hasta el fin
de los tiempos las dos cosas a la vez. Así marcharon unidos al autobús que lo
haría desaparecer para siempre, dejando al partir una bocanada de humo negro
que sumió a sus habitantes en un ámbito de irrealidad como si el hombre
de la cicatriz nunca hubiera pasado por la ciudad, y detenido, por artes de
magia, la sequía que azotó al barrio aquella navidad durante tres días. Cuando
ya el hombre estaba muy lejos y la sonrisa persistía en las caras de los
habitantes de la Ciudad de Dios, alguien cerró la boca para luego abrirla con
la serenidad que pone la sabiduría en los labios:
-A pesar de todo, sigo creyendo que los orangutanes no tienen plumas
-dijo-. Así que me parece que nos han timado y reído de todos nosotros por
cinco malditos duros. Pero lo peor de todo es que nunca lo sabremos, como todo
lo que ocurre en este barrio que tal vez no haya existido nunca.
Sin duda, el hombre que alzó la voz para pronunciar aquellas
palabras, tenía un mal día, y por eso añadió:
-Bueno,
existir, existir, sí. Pero alguien tendrá la culpa de que hasta de eso se dude.
La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios
Capítulo cuarto
El carbonero vivía encerrado en sí mismo y en el alcohol. No hablaba
con nadie porque hablar con alguien era exponerse a la contaminación de la
irrealidad que asolaba la Ciudad de Dios con sus ficciones y fábulas
irracionales. Este mundo tenía para él la cualidad de la lluvia que caía
incesantemente. Lo que no se puede abrazar como la lluvia tiene una existencia
embarazosa ya que no se puede demostrar su objetividad. La Ciudad de Dios y la
lluvia hubiera sido mejor que nunca hubiesen existido pues sólo servían para
hacer pensar al hombre en la inexistencia y en la nada. Un carbonero cerca del
brasero para no pasar frío, una mujer que pide un kilo de carbón, no cambian
nada las cosas. Pero todo el barrio desfallecía en la invisibilidad de la
irrealidad, y él, sin embargo, era tan objetivo como el hambre que había pasado
durante toda su vida, porque tenía la piel tan sucia que parecía africano, y la
invisibilidad, como todo el mundo sabe, es una transmutación del blanco al
incoloro. Jamás se doblegaría a la invisibilidad o irrealidad, que para él eran
la misma cosa, y la más grande aberración del mundo al que pertenecía. La
decadencia del mundo en el año de mil novecientos sesenta y cinco estaba
aguardando la complicidad del hombre más grande de su tiempo, pero él jamás
intervendría en la Ciudad de Dios contaminada por la irrealidad, pues la
inmunidad del carbonero ya había sido predicha por los libros más antiguos, que
jamás leyó y sólo pudo observarlos en sus sueños, encuadernados con azulejos de
la Alhambra y caracteres arábicos. Fue sólo un sueño pero más real que las
fabulaciones que agregaron arrogancia al hecho de la resurrección de Juan
Francisco. Él era más grande, y la contundencia de las pruebas del sueño que
tuvo un mes antes de la resurrección secundaban las palabras del sabio de no sé
donde que en no sé qué libro había escrito que la vida es sueño.
-¿Qué clase de sabiduría es esa? -le dijeron una vez
despectivamente.
-La mía -contestó el carbonero arrogantemente.
Pensaba el carbonero que un libro no es nada. Pero un libro, como el
que había visto en sueños, con caracteres arábicos, sí debía de ser algo
importante porque no se entendía nada. El carbonero solía despertar muy
temprano, pero aquel día dieron las diez, dieron las doce, y seguía durmiendo.
Sumido en el bienestar de las culebrillas descansando como serpientes del Edén
que había en los extraños caracteres, dedujo que su misión en el mundo de ahora
en adelante sería instruir de sabiduría verdadera a la Ciudad de Dios. La
serpiente y la sabiduría. Nada más y nada menos.
Aquel domingo, coincidió con Juan Francisco el resucitado en la
iglesia, pero ya era demasiado tarde para entablar conversación con él porque
la inteligencia del carbonero era otra. Al confrontar sus miradas, Juan
Francisco debió percibirlo antes que ningún otro ciudadano de la Ciudad de
Dios. Se dice que las grandes transfiguraciones que cambian nuestro destino
ocurren apenas en una noche de insomnio. El carbonero en cambio recibió el don
de la sabiduría mezclada con el alcohol en una noche de sueño agotado entre
vómitos. Muchas veces, había bebido en el bar con Juan Francisco. Ahora eran
dos extraños que jamás podrían comprenderse.
-Así es la vida -balbuceó el carbonero al cruzarse con el
resucitado.
Llovió toda la noche. El malestar del carbonero empezó a las tres y
cuarto de la madrugada. Lo dedujo todo como de un cristal transparente. Puesto
que la irrealidad y la invisibilidad eran para él la misma cosa, el barrio con
todas sus ficciones y fábulas desaparerecería antes de que terminara la
navidad, dejando apenas una chinitas en el suelo de aviso y escarmiento para la
Nueva Ciudad de Dios que se edificaría encima de ella. Decidió que en ella no
habría niños fantasiosos como Pepito, ni consejo de sabios ni resucitados. Ni
tampoco sería tan rara como para alarmarse por una sequía de tres días. Sería
una ciudad masónica. Así lo pensó a las tres y cuarto de la madrugada antes que
los remordimientos de conciencia empezaran a cebarse con su mente al borde del
desequilibrio. Era la nostalgia de barrio que sienten todos los que han vivido
alguna vez en uno de ellos. Hay muchas formas de morirse, y morirse de pena no
es una variedad extravagante. Cuántos hombres han sentido la pena a lo largo de
la historia, así de truncadas aparecen las grandes tragedias. Se deduce de ello
que la pena es la más eficaz de las oraciones. Se deduce también de ello que no
querer que ocurra una cosa es como trabajar poniendo tu pequeña piedrecilla
para que no ocurra. Muchas cosas debió de deducir el carbonero porque tres días
después de la navidad la Ciudad de Dios era al menos más tangible que la
lluvia, con sus edificios de ladrillo recién estrenados y el cielo erizado por
las antenas de televisión, y el barro y los charcos en el centro de la gran
avenida y los cartones en el suelo simulando aceras.
Prever el futuro debe ser como partirse de risa. Quizá alguien pueda
ver a un hombre pisar una cáscara de plátano antes de enfilar la calle que será
la ruina de su dignidad de homo sapiens erguido sobre dos patas. Tirado de culo
en el suelo, pensará en los grandes profetas que solo pudieron adivinar el
futuro descrito en símbolos. Pero el que vio la tragedia claramente y no le
avisó pasará desapercibido por los tiempos de los tiempos. Dicen que estos
últimos se ocultan entre el gentío para no ser quemados en la hoguera por puro
dominio del arte de la brujería. Dicen también que no les satisface la riqueza
de acertar en las quinielas, sino que únicamente les alienta la práctica del
adulterio con el macho cabrío. Dicen eso, pero yo personalmente me inclino por
la incredulidad puesto que el macho cabrío siempre miente. También es cierto
que mezcla mentiras con verdades para confusión de la humanidad, o que sólo
puede prever el futuro parcialmente y que el resto de realidad que queda por
descubrir sea un invento de la depravación de las tinieblas. Mi consejo es que
todos los hombres que caigan de culo al pisar una cáscara de plátano busquen
entre el gentío al brujo que lo supo con antelación, y si tienen arrestos le
propinen una patada en el culo no vaya a ser que lo haya provocado el infame
con su malignidad.
Llovía en la Ciudad de Dios con la lentitud del vuelo de las aves de
rapiña, que no tienen ninguna prisa por matar pues se alimentan de moribundos y
de lo que les dejen los demás depravados carnívoros de la naturaleza. No
cabe duda que la naturaleza es cruel, pero la Ciudad de Dios, aunque parecía un
elemento orgánico más de la gran urbe, retenía algo del pasado que el resto de
los barrios no tenían. Parecía como si por allí no hubiese pasado la gran
pesadumbre de la guerra civil pues nadie decía haber oído hablar de ella, y
sólo era mentada en las enciclopedias que nadie se molestaba en leer. Sucedía
que todos eran buenos e incapaces de hacer daño. Por eso cuando Juan Francisco
se encontraba recién resucitado, y dedujo que tenía un amigo y un enemigo, dio
en pensar que el enemigo debía de hallarse de paso por el barrio. Tal vez
podría tratarse de un viajante al que no compró unas baratijas. Tal vez, tal
vez. Pero tenía que descubrirlo si no quería ser enterrado, cuando muriese de
verdad, en un estercolero.
Ya he referido que los parientes dejaron la caja del muerto Juan
francisco junto a los contenedores de basura cuando el auto que debía
transportarlo hasta el cementerio se estropeó nada más dar unos pasos. Los
parientes de Juan Francisco sólo se reunían de difunto a difunto. Difícil
deducir por el arte de la filosofía un enemigo invisible. Aún así se lo
propuso.
Por entonces, habría unos cincuenta mil habitantes en la ciudad de
Dios. Supo en seguida que tendría que ir descartándolos uno por uno. Juan
Francisco era un buen hombre que no quería caer en la difamación. Visitar uno
por uno en sus casas a todos los habitantes del barrio sin duda disminuiría el
riesgo. El primer día visitó a cuarenta vecinos, parlamentó largamente con
ellos, dilucidó que su enemigo no se hallaba entre ninguno de ellos. El segundo
día empezó a cansarse de su gigantesca investigación, el tercer día desistió.
-Cuando acabe con todos los españoles de la Ciudad de Dios, entonces
si que caerá la desgracia sobre mí -se dijo-. Los franceses que habitan dos
calles más arriba son los siguientes sospechosos, y según las enciclopedias son
cuarenta millones. Pero lo peor de todo es que no sé una mierda de francés.
Entonces fue cuando empezó su investigación metafísica ya que no le
vio camino humano a la investigación policial.
El gran sol iluminó su frente durante uno de los tres días de sequía
para dignificar su pesadumbre de pensador. Como el enemigo había actuado
después de muerto depositándolo junto a unos contenedores de basura, su odio,
el odio del enemigo, debió verse privado de asistir al momento en que cayó a
las tinieblas de las que nunca se puede regresar. Su enemigo no pudo recrearse
en la muerte. Sin duda, debió ser una sorpresa para él que el alcohol ejecutara
lo que estaba tramando desde hacía tiempo: el asesinato de Juan Francisco. En
ese momento, el autobús que transportaba a sus paisanos a otro barrio de la
capital se vio embarrancado en un charco. Harto de acelerar y hundirse más en
el barro, el conductor del autobús y el taquillero bajaron a ver que se podía
hacer. Subieron de nuevo, dieron marcha atrás y el autobús salió del charco.
Eso fue lo que había ocurrido exactamente con la vida de Juan Francisco: la
vida había dado marcha atrás resucitándolo y hundiendo en la infelicidad a su
adversario. Ahora sólo quedaba esperar que su enemigo viniera a matarlo del
todo. Así lo reconocería.
Juan Francisco se preguntó si de verdad se podía ser tan genial como
él a la vista de los resultados, pero ya había empezado la marcha atrás del
delirio que substrajo durante los tres días de navidad a la Ciudad de Dios.
El domingo empezó a llover y siguió haciéndolo hasta el domingo
siguiente. El agua corrió a raudales barriendo las aceras de cartón, inundando
las alcantarillas y haciéndolas rebosar de ratas que ascendieron a la
superficie, ahogando un sencillo jardín que el alcalde había proyectado cien
años atrás, y, sobre todo, hiriendo mortalmente la gran avenida que se
convirtió de repente en intransitable y silenciosa. Pero también cayó el agua
santa sobre las cabezas de los ciudadanos que dieron en reconocer que algo
extraño había pasado durante los tres días de navidad.
De repente, se vieron enredados en pensamientos humillantes que les
hicieron pensar que tal vez no fueran tan especiales como creían. Uno dijo:
-¡Pues vaya!
Y otro, bostezando:
-¡Pues parece que sí!
Sin duda, estaban despertado de un letargo que les había sumido por
tres días en la invisibilidad o irrealidad. Volvieron a parparse los huevos por
detrás comprobando que la virilidad no era lo último que se perdía, y empezaron
a caer en el nuevo delirio que les deparaba el destino del realismo y la
madurez. Cuentan que cuando aparecieron los primeros hombres maduros en la
Ciudad de Dios hubo quien lloró de rabia porque supuso que los pasteles serían
una contradicción de ahora en adelante. ¿Cómo podría concebirse una ciudad
madura con dos pastelerías en cada calle? Los nuevos tiempos parecían querer
acabar con los pasteles. Las golosinas podrían también extinguirse. ¿Morirían
entonces de hambre los niños? Cabía la posibilidad que los niños comieran por
fin filetes ensangrentados vuelta y vuelta. Pero entonces ¿cómo los callarían
cuando empezasen a berrear sin un Chupa-Chus?
Cada era trae sus inquietudes. Acababan de atravesar la era de la
velocidad del pensamiento y la sequía a la era del pensamiento sedentario y
las cabezas refrescadas. Durante el paso de la Edad Media a la Edad Moderna
también surgieron inquietudes y las cosas pasadas también parecieron
irrisorias. El dominio de una mente infantil daría paso a una mente
equilibrada. La mutación había durado tres días. ¿Por cuánto tiempo dominarían
la tierra las cabezas refrescadas?
Todo empezó cuando un niño entró en su casa con los zapatos
manchados de barro. Lo intolerable fue sentido en todo el barrio, y el niño
recibió una paliza por ello. Estaba ocurriendo que los mayores ya no entendían
a los niños. Todos los niños eran unos hijos de puta que habían mantenido en
vilo a un barrio decente durante tres días. Las palizas se multiplicaron. Eran
la podre-dumbre, la corrupción, la impureza, la disipación de las buenas
costumbres. El riesgo aumento cuando uno de ellos besó en un descuido la
puntita de los labios de la hija del organillero. El niño dijo que sólo estaba
jugando a las películas. Pero la voz del escándalo recorrió todos los rincones
de la Ciudad de Dios:
-Hubiera sido mejor pillarle encendiéndose un puro -dijo una de las
cabezas refrescadas.
El consejo de sabios debió de oír alguna de la voces que se
disipaban sólo con la lluvia, y ordenó taponar a todos los niños la boca con un
esparadrapo para que no aprendiesen a fumar hasta los catorce años. El miedo se
apoderó de los menores de edad, lo que fue interpretado por las cabezas
refrescadas como una señal de culpabilidad. En fin, que todos los niños
empezaron a ser felices. Habían sido descargados de la responsabilidad de la
dirección espiritual del mundo adulto. El insoportable peso de decidir recayó
sobre los cabezas refrescadas, y ellos ya no fueron casi nada desde entonces.
Desplazados, se convirtieron en mierdas que cruzaban la avenida encharcada con
botas de fontanero, y nada les incumbía de lo que tuviera que ver con el
destino de un barrio en decadencia. Sin duda, era que el mundo estaba
cambiando.
-Sin pastelerías abiertas hasta la nueve de la noche ya no seremos
nadie -opuso Pepito, y prosiguió tratando de alentar a sus amigos-. Hasta el
fin de los tiempos en que los muertos resuciten con hambre.
-Y habrá que comer solomillo vuelta y vuelta -opuso otro de los
niños.
-Ya nos las arreglaremos con las chucherías -advirtió optimista el
tercero.
Por otra parte, la tercera aparición del seminarista de ojos rojos
que no aguantaban la luz del sol habría de decidir la transición del mundo
antiguo al mundo moderno de las cabezas refrescadas. La conclusión que hizo
más contundente su tesis sobre los hechos que habían acontecido en el barrio
fue esta:
-Los niños de este barrio llegan a la senilidad a la edad de cuatro
años -explicó cerrando el paraguas y dejándose empapar por la fría lluvia.
El obispo se tocó el mentón, y, lamentándose, dijo:
-Necesitamos un resucitado.
-El resucitado es un borrachín -explicó el seminarista destacado.
El ayudante del obispo, el que no podía admitir que un santo se
llamase Perico, intervino en ese momento sin salir de su cualidad de aturdido.
-Yo guardo una pistola de mi padre de cuando la guerra -dijo-.
Podemos volverle a matar a ver que ocurre.
En ese momento, el obispo se dirigió al seminarista destacado de
ojos rojos en voz baja, y sentenció para siempre la muerte de un mundo y el
comienzo de otro:
-Así seríamos de brutos sin la inteligencia de hombres tan astutos
como usted -le dijo dándole unas palmaditas en la espalda y cerrando para
siempre el asunto del resucitado.
… Y la joven Ciudad de Dios se salvó de la invisibilidad o
irrealidad que azotó aquel año como somnolencia de hambruna de perro.
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