novela corta "La Ciudad de Dios"



La Ciudad de Dios 
Capítulo primero



  El olor a flores de cementerio enfocó sus fosas nasales hacia el exterior. Los muertos en los velorios entrelazan sus dedos y cierran los ojos. Es como si esperaran una visita importante y nada pudiera distraerles de la espera. Un televisor encendido en el patio dio la crónica de la lluvia. Seguiría lloviendo por mucho tiempo. ¿Hasta cuándo?, se preguntó Pepito. Cerrando la entrada al portal, estaba el coche que transportaría el ataúd. Nada hubo tan relevante en aquel invierno como la novedad de contar con un muerto en la joven Ciudad de Dios. El misterio de un coche tan grande y con tantas flores no fue revelado a Pepito hasta que bajaron al muerto. Entonces se abrió paso entre las piernas de los mayores y consiguió ver su cara. Sin duda, era la cara de quien tiene una cita importante que consumar.

  El coche grande dio unos pasos y se caló. Era la voz oculta del muerto quien hablaba en aquel percance y decía que no quería marcharse de casa. La lluvia crepitante empapó los atuendos negros de los perplejos parientes. Tenían que hacerse los dis­traídos porque ofrecerse para empujar el coche era desobedecer la voluntad del muerto, aunque secreta­mente fuera que no querían ensuciarse en el barro de las calles y las aceras sin pavimentar. Cuando el frío oradó hasta llegar a la piel, la benevo­lencia se les aflojó en un acto de mala educación resguardándose debajo de un árbol. Estaban esperando lo imposible porque la lluvia no dejaría de caer hasta que el libre albedrío del muerto decidiera que estaba dispuesto a marcharse de casa.

  Jamás los parientes muestran alguna clase de urgencia por enterrar a sus muertos. Esta paciencia es ultrajante para el muerto porque lo que quiere es descansar pronto bajo tierra. En la estación veraniega huelen mal y atraen a las moscas. El calor pesa como el mármol y es una profecía fácil de lo que acontecerá después. El muerto protesta con espasmos que asustan a los niños. Nada qué hacer. El muerto debe esperar a que los parientes queden bien con los más cercanos. Sin embargo, la larga espera a que el muerto este listo para ser enterrado no es indeseable. Las luces de las farolas ya se habían encendido mientras los parientes tomaban un tente en pie con vino debajo del árbol. No esta bien obligar a nadie a hacer lo que no quiere, y el muerto no quería marcharse lejos de su casa y sus vecinos. Muchos factores justificaban su actitud. No hace falta que redunde en que morirse es la más serio que puede sucederle a una persona, y este muerto lo sabía mejor que ninguno. Al encenderse las farolas, todos pudieron percibir un rumor raro dentro de auto. Eran las tripas que empezaban a evacuar solas todo el alimento que el difunto quería llevarse por si acaso consigo.

  Los muertos parece ser no mueren del todo hasta que se pudren. Los parientes, que estaban empezando a pensar que el muerto era un aguafiestas, no pudieron representar en sus mentes el acto siguiente que habría de depararles la vida. Estaban en blanco, y desconcertados porque tenían la sensación que la cadena de hechos que han ocurrido en la tierra desde el principio de los tiempos estaba a punto de acabarse. Inmóviles en la intemperie, cavilaban qué hacer sin dar con el acto razonable que los sacase de la parálisis. Afortunadamente los muertos no mueren del todo hasta que se pudren. Llevarlo otra vez al velatorio era un cuadro ridículo. Arrinconarlo al lado de los contenedores de basura les pareció más propio. El muerto olía a mierda y a putrefacción. Junto a los desechos de los vecinos no se sentiría acomplejado ni la viuda daría de qué hablar al atribuirla un muerto tan indecente.

  A las 2.30 de la madrugada, cuando el frío atraviesa los poros de la piel y llega hasta el corazón apagado de los muertos, el ataúd se abrió. Seguía lloviendo a cántaros, y alguien con el pelo engominado sacó la cabeza de la caja para respirar el aire gélido de diciembre. Envolvió con sus manos la petaca de aguardiente que aún guardaba en el bolsillo y se enjuagó la boca para asimilar con más lucidez todas las cosas extrañas que pasan cuando uno bebe más de la cuenta. ¿Qué hacía un hombre tan inteligente como él en un ataúd extraviado junto a los contene­dores de la basura que además exhalaban el olor a putrefacción de una guerra civil? A pesar de su gran inteligencia y de la nueva lucidez que le había proporcionado el aguardiente, siguió sumido en un estado de perplejidad de la que se dijo que sólo las grandes mentes de nuestro siglo como la suya podían destrabarse.

  Instantáneamente puso la mente a trabajar. La realidad le estaba proporcionando datos a chorros con los que debía resolver el enigma. La imperiosa lluvia refrescaba su frente. Bajo la lluvia se dijo que los datos parecían contradecirse. Un ataúd está conce­bido para dignificar la postrimería. Había sido dignificado para posteriormente ser afrentado al lado de unos contenedores de basura, o había sido afrentado para poste­riormente ser dignificado. Sabía que alguien le odiaba y alguien le amaba. Se encontraba en el camino de un gran hallaz­go porque conocer al amigo y al enemigo ofrece la certeza absoluta de a quien se le puede pedir un favor y a quien no. Su perspicacia continuó. Un hombre odiado remite a un pleito sin resolver. Sin duda, había sido odiado por alguien cuya antipatía se ocultaba bajo las tinieblas del anonimato. También era amado anónimamente. ¿Pero se conocían ambos, adicto y discrepante, o por el contrario se odiaban tanto desconociéndose en el misterio de los habitantes del mundo que convergían impenetrablemente olfateando cuál sería su siguiente fechoría o su acto de amor? Habían coincidido el mismo mes, la misma hora y el mismo lugar. Uno lo había agraviado deposi­tándolo al lado de unos contenedores de basura. Otro lo había confinado dulcemente en un ataúd. Del terreno de la investigación policial había pasado de un salto al terreno de la metafísica, así que creyó conveniente beberse el resto de la petaca hasta que sintió un sueño placentero y se entregó a él sin oponer resis­tencia.

  Nuestros viejos deberían pensar más. Sentarse en los parques mientras el sol les curte la piel tendría que ser el pasatiempo de los jóvenes, pues la piel curtida es un adorno que desarrolla el narcisismo propio de la edad. A mi parecer la calidad de nuestra visión de las postrimerías de la vida ha sido precipitadamente influida. Un viejo pensando refulge como un sol a punto de extinguirse. Mal influenciados por las generaciones ulteriores añoran la preciada juventud. El licor que nos procura cada etapa de la vida debería ser degustado con la concupiscencia de los depravados. Por eso es tan importante saber la edad que tenemos, y señalar los años que cumplimos con una cruz de tiza en la pared.

  Nuestros viejos no piensan porque es doloroso pensar. Pensar se parece al pinchazo que nos daba el practicante en el culo cuando éramos niños. A veces las punzadas se hacen sentir más cuanto más acostumbrados estamos a ellas porque apretamos el pompis. Pobrecitos. El viento del pensamiento sopla hacia donde quiere y arremolina espinos. En el fondo de todos nosotros hay un temor a pensar ya que el hechizo de la vida no requiere de éste, y este temor se parece al temor de quedarse flotando en la ingravidez del espacio infinito. Los viejos parecen haber abando­nado cualquier incursión más allá de saber la hora del paseo o la merienda porque están seducidos por la ingravidez. El viento del pensamiento sopla donde quiere, y las pompas de jabón que levantan explotan en el aire. Es triste no saber a ciencia cierta qué será de nosotros. Cuando la solución es volver al practicante, abandonamos.

  Lloraba la pobre mujer del muerto Juan Francisco cuando lo sacaron del auto fúnebre para repararlo, y depositaron el ataúd junto a los contenedores de basura. Sabía que su marido no iba a escapar tan fácilmente del mundo de los vivos. Dejarla en paz a los sesenta y cinco años era el mayor suceso de buena suerte que le había ocurrido desde que se casó. Lloraba la pobre mujer del muerto pero de rabia, porque conocía la testarudez de Juan Francisco. Sabía también que a esta clase de hombres el Señor no los quiere en el cielo ni el demonio en el infierno. Se calmaría de los nervios cuando lo viera debajo tierra, y podrido. Sucede que el Señor no los quiere en el cielo porque dinamitan las teologías de los santos padres de la Iglesia, y, por el tiempo que duran en despabilarse del letargo eterno para escucharles, les hacen llorar de lástima por el tiempo perdido en sofismas dudosos. Tampoco los quiere el demonio porque son inconvertibles a los Testigos de Jehová que son los únicos cristianos que van al infierno. Refieren las tradiciones familiares del muerto que su bisabuelo alcanzó los ciento quince años de edad, y que no murió de muerte natural. Refieren estas mismas fuentes que tenía enemi­gos entre algunos partidarios de volver a los tiempos juiciosos de la Santa Inquisición. Las sospechas de todo el pueblo recayeron sobre éstos, pero los curas no querían reyertas provocadas por sospechas que no se pudieran solventar con certidumbres, y calmaron con sus sermones la violencia que levantó al pueblo entero para descubrir la verdad. Se llamaba Juan Francisco, y fue querido y recordado hasta mucho después de su muerte. El acontecimiento de la supuesta muerte violenta de su bisabuelo provocaba en el otro Juan Francisco, el que no quería ser enterrado tan pronto, una secreta admiración y una profesión por seguir los dictados que singularizan la sangre. En mil novecientos sesenta y cinco, el bisnieto que no quería ser enterrado tan pronto, era profesor de primaria para los niños que no sobrepasaran los cinco años, pero ya administraba lenguas muertas y una rudimentaria filosofía a todos sus alumnos, con el consentimiento que le daba la ignorancia de sus padres.

  En mil novecientos sesenta y cinco, sólo había un barrio tan grande como el de Pepito. Se habían construido torres dispersas en la periferia del centro, pero solamente había una zona con ambiente de barrio barrio como el suyo. Lo había visto Pepito una vez que su padre tuvo que hacer unas gestiones muy lejos del centro. Estaba tan lejos que Pepito no supo si el orbe cristiano entraba dentro de sus límites. Pero su verdadero asombro fue encontrarse con todas las calles asfaltadas. El lujo de las viviendas le causaba una suerte de ansiedad sin identificar que no podía concebir un hogar hospitalario fuera de la pobreza. Lo vio de pasada y jamás lo olvidó.

  -¿De qué se alimentan los niños ricos? -le preguntó a su padre.

  -Sólo de pasteles -le contestó éste.

  Dos días después, su maestro y amigo don Juan Francisco se emborrachaba y moría de una enfermedad que el médico que le atendió prefirió no reseñar por la cuenta que le traía a su reputación. Cuentan que cuando le comunicó el dictamen a su mujer, ésta sintió un mareo y se sentó en el sofá de casa. Re­puesta, el médico creyó ver caer de sus ojos una lagrimita. Tal vez fue su único acto sincero inspirado por el subconsciente, porque entonces los matrimonios no hablaban de amor, ni era bueno para que sedimentaran como pareja, porque evocaba las guarrerías que hacían en la cama, y era como cuando en sueños cagamos en un retrete en medio de una gran avenida. Don Juan Francisco sacó una vez fuerzas para romper el orden establecido por los tiempos gélidos que corrían e hizo suyo un verso de amor de Bécquer. La respuesta que recibió le avergonzó por el tiempo que dura una estación.

  -¡Qué paleto! -exclamó su mujer.

  Una pareja de esta especie hubiera contaminado en nuestros días a muchas otras parejas si no hubieran pasado tantas cosas en el mundo. Pero la televisión trajo el beso a las casas, y con él los versos que los militares enviaban a sus novias a la ciudad para que no los olvidasen. El triunfo del romanticismo fue opresor, pero en la intimidad del cuarto oscuro de sus casas muchos siguieron soñando con los tiempos pasados. Eran tiempos en que uno podía descuidar a su esposa a las añoranzas de otro hombre sin miedo a ser deshonrados, y disfrutar del favoritismo ancestral  de una mujer sumisa y feliz.

  Todo el mundo era dichoso en mil novecientos sesenta y cinco porque nadie ambicionaba a la mujer de su prójimo. Se comía bien, se respetaban las siestas, los muertos resucitaban y las mantas abrigaban más que hoy. Cuando el viejo Juan Francisco abrió el ataúd, y lo vieron con sus propios ojos los vecinos, ya nadie dudó que existía alguien que cuidaba de nosotros. Las iglesias volvieron a llenarse de gente, y siempre había un joven mongólico que se colocaba al fondo de las fotos de las bodas y los bautizos. Don Juan Francisco echó la vista atrás y volvió a sentir el orgullo de su ancestro asesinado a los ciento quince años de edad. Pero Pepito no olvidó nunca la cara de quien tiene una cita importante que consumar, y filosofó sobre la muerte.

  -¿Por qué dejan de comer los muertos? -se preguntó.

  La pregunta lo tuvo en vilo por el tiempo que dura una estación. La respuesta fue tan sencilla que el mismo Pepito se admiró de su ingenio para los acertijos. Lo vio en la esquina de su casa: un viejo ruinoso admiraba como él los pasteles de un escaparate expuestos para dar de comer a la imaginación de los niños pobres.

  -Es evidente -se dijo entonces- que los muertos no comen porque nadie les lleva dinero.

   La cara del viejo ruinoso cambió en muy poco tiempo adquiriendo el ademán de quien tiene una cita importante que consumar. Pepito no quiso hacerle preguntas.

  Aquel día, el organillero se instaló en la avenida embarrada. Llegó temprano cuando los albañiles tomaban el bocadillo y se largó con el organillo a cuestas a la hora de la siesta para no molestar. Desde entonces no faltó ningún día. El ritmillo del chotis dio vidilla a la pequeña Ciudad de Dios por el tiempo que permaneció allí, y en poco tiempo impuso un ritmo de trabajo a los tenderos, a los albañiles y a todos los que tuvieron la buena suerte de oírlo. Aquella música se instalaba en el corazón de los inmigrantes gallegos y andaluces, extremeños y castellanos, y les hacía olvidar que estaban en tierra de gatos. Era la posesión diabólica del chotis madrileño. Oscilaciones del cuerpo lentas y cíclicas que se dilataban de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Durantes el sueño, recuperaban las fuerzas porque lo único que habían hecho durante la jornada era bailar y divertirse.

  Una semana después trajo con él a sus dos hijos pequeños. Diariamente, recaudaría unos tres duros. Con los dos niños vestidos de chulapos, y enseñando a los inmigrantes como se bailaba aquella música, el negocio subió por el tiempo que duró en difundirse en todos los hogares. Era como una pequeña verbena de las de antes. Los hijos de organillero se prestaban a bailar con otros niños. Bailando con ellos les enseñaban las costumbres perdidas desde que la guerra amargó la vida de los madrileños, y las perdieron para siempre. Los hijos de los inmigrantes solían pisar los pies de la resignada hija del organillero, y ésta solía exclamar después a su padre:

  -¡Estos andaluces no entienden de baile una mierda!

  Pepito se acercó a ver qué pasaba. Corría por la calles el viento sumiso de la navidad que nos hermana a todos. Eran las dos de la tarde y los hijos del organillero se encontraban un poco sucios por el polvo que se había levantado. Pero Pepito se sintió deslumbrado por el traje de la niña. Todas las niñas que había visto llevaban falda corta, probablemente para levantársela y hacer pipí en cuclillas en medio de la calle. Eran desvergonzadas, no como aquella niña que ni siquiera enseñaba los tobillos, y mear en la calle hubiera sido tan aparatoso que ni siquiera le parecía concebible que una niña tan bien vestida hubiera meado alguna vez. Fascinado le preguntó:

  -¿Eres una marquesa?

  Fue la primera vez que la niña sintió la cortesía varonil, y bajó la cabeza sonrojada.

  -¿Con castillo? -insistió Pepito.

  -No -contestó la niña, sabiendo que no mentía, pero empezando a darse cuenta que había alguna clase de enredo entre los dos.

  -Entonces espera un momento -le dijo Pepito.

  Las calles se encontraban ensopadas en aquella época del año. Pepito caminó en línea recta a su casa con sus botas de goma para los charcos, y al poco rato volvió con una hucha de arcilla del tamaño de su cabeza.

  -Toma -le dijo-. Una ayuda para que recuperes el castillo.

  -¿Qué?, ¿cómo?

  -Eres tan bonita que con un castillo te ascenderán pronto a princesa -le dijo, y salió corriendo por donde había venido.

  La niña estaba tan ruborizada que apenas se atrevió a gritarle a lo lejos:

  -¡No me importa bailar también con andaluces!

  -Voy con prisas -le gritó Pepito volviendo la cabeza-. Tengo que visitar a un resucitado.

  -¡Ah! -balbuceó la niña.

  La perplejidad nos restituye a un mundo olvidado. En la Ciudad de Dios nunca hubo tanta perplejidad como la hubo aquel año. Fue el resucitado. Dicen que el viento de la noche murmuraba palabras. Cuando todos dormían dictami­naba mundos extraños para los que hubieran sido malos en esta vida. Un acontecimiento como la resurrección de Juan Francisco no se olvida fácilmente. Se levantaban de la cama y se acostaban con el mismo pensa­miento. Pronto se dieron cuenta que el mundo extraño era este y no el otro, pero porque estaban cansados de pensar siempre en lo mismo prefirieron dejar de robarle pipas de girasol al tendero y empezaron a atender a los enfermos de resfriado que la joven Ciudad de Dios entregaba a los misericordiosos. Llevado por la corriente de fraternidad, Pepito partió por la mitad el plátano de la merienda y se lo entregó a su amigo, después de dejarse ganar dos veces a las carreras de chapas. Tengo la impresión que entonces todos querían ser santos, aunque sólo fuera con la parte voluble del corazón. Pero el corazón del hombre tiene cavidades extrañas que dicen sí cuando quieren decir no y dicen no cuando quieren decir sí. 

  La noche de navidad el viento permaneció en silencio. Un pensamiento indescifrable cruzó la madrugada, pero no fue más que eso: el viento cruzando entre los ladrillos de la Ciudad de Dios. El resto de la noche el silencio pudo parecernos total. Los que pensaron que el silencio del viento significaba que ya se había dictaminado el destino del barrio, y que por eso callaba, pasaron todo el día siguiente avergonzados por estúpidos ante sus familiares. Pero en el fondo todos pensaron lo mismo. La Ciudad de Dios iba a ser destruida por sus maldades antes del amanecer de la noche del Señor. Las pesadillas de los niños que oyeron murmurar la destrucción les mantuvieron despiertos a casi todos. A las doce de la medianoche sonó el reloj en la casa de Pepito. Cuando sonó a la una de la madrugada, el pánico se apoderó de él. ¿Iba a morirse a los cuatro años de edad? Entonces se miró al espejo, pero no tenía cara de quien tiene una cita importante que consumar. Era la cara cambiada del miedo. Al aparecer los primeros rayos de sol por la ventana, respiró. Había aprendido algo nuevo. Lo recordó de una película de romanos que vio la semana caducada: Los que van a morir saludan antes al cesar.

  Amaneció una hermosa mañana, centelleante de felicidad para todos por el peligro superado, pero además había dejado de llover. Los que vieron una señal en el aguacero perseverante tuvieron que admitir la verdad: Nunca habría un muerto en la joven Ciudad de Dios. En realidad, se hallaban embelesados por la belleza de la mañana y no podían concebir que algo tan terrible les acaeciera a ellos. Un borracho apareció gritando en una lengua cristiana desconocida que antepone el fonema “chi” a cada sílaba, y que sólo los niños sabían descifrar, que los que roban pipas de girasol habían sido indultados y que no habría más diluvios sobre la tierra, señalando con el dedo índice el arco iris que acababa de aparecer como señal de que la alianza con Noe no había sido rota aún. Otro borracho sopló en la cara del padre de Pepito, desenroscando un artilugio de papel plegado, y recibiendo por ello un puñetazo de éste por la broma pesada en una noche de tanto miedo. Pero cuando miró al cielo, y vio el arco iris tan bonito que acababa de aparecer, le pidió perdón y le ayudó a levantarse del suelo. Aquella mañana, la ciudad se encontraba trasmutada por la felicidad, y hasta el atardecer reinó el amor y la concordia entre todos sus habitantes. Un anciano tropezó en medio de la acera y antes de que cayera al suelo cinco hombres aparecieron de pronto de la nada para sujetarle y evitar la caída. ¿Era esto el principio del advenimiento de una nueva Era más espiritual? Soñaban los niños que cruzaban a pie el Océano Atlántico con su botas de fontanero, a través de los enormes charcos formados durante la época de lluvia. Las ratas de las tiendas de alimentación y los bares salieron al exterior sin asustar a las jovencitas, y se dejaron alimentar de migas de pan por los chiquillos. Enmudeció el rumor de autos circulando por la avenida porque todo el mundo sintió el impulso de pasear de la mano de sus esposas. Juan Francisco, el resucitado, observaba todos los sucesos minúsculos, y se preguntaba si era esto el principio de una nueva Era que acabaría con el sufrimiento humano.

  Así lo soñaba Juan Francisco mientras encendía su pipa, y empezaba de nuevo a beber en el bar. Mientras tanto Pepito subía las escaleras del portal a toda velocidad para observar en su rostro la invisible transmutación de la muerte a la vida. ¿Tendría en la cabeza el halo de luz de los santos?, ¿sería tan débil la próloga concedida que moriría de nuevo antes de llegar al quinto piso?, ¿tendría la voz que da tanto susto de los aparecidos a media noche?, ¿estaría obligado a arrastrar cadenas por el resto de la próloga?

  -Está en el bar. Como siempre -le dijeron.

  Los días felices son así. Uno se encuentra completamente borracho cuando tu mejor amigo te busca para que le sorprendas con tu peor imagen. Sobre las imágenes que podemos dar a los demás se puede hablar mucho. Uno pasa borracho la parte más completa de su vida. Esta es la imagen que damos, y así comienza a estropearse el día feliz. Las cosas cantan por sí mismas, pero lo cierto es que las vicisitudes por las que pasa un hombre a lo largo de su vida pueden ser extremadamente contradictorias. Sin embargo, ahí está la imagen que hemos dado al comienzo. Pepito encontró a Juan Francisco, su profesor, tirado en la puerta del bar, con la pipa aún ardiendo en la mano. Desde lo más profundo de su ser, sintió que era una humillación despertarlo, porque don Juan Francisco no era así. Entonces apareció una contra­dicción en el Pepito bueno, y el Pepito malo dejó derivar su imaginación. Compuso una imagen suplementaria a la que estaba viendo, y, durante unos segundos, pensó bajarle los pantalones y dejarle con el pompis al descubierto. Entonces lloró por él.

  -Don Juan Francisco -le dijo, tratando de levantarlo-. Vámonos a casa, por favor. 



La Ciudad de Dios
Capítulo segundo
  


  Aquel día, el organillo vibró a las diez de la mañana. Las calles cubiertas de barro no interrumpen el tránsito de los coches, pero sí a un afilador en su inestable bicicleta. Cuando el afilador atravesó el gran charco, y perdió el equilibrio mirando el organillo, el pobre viejo no pudo levantarse. La pregunta correcta era esta: ¿Qué esta pasando en el barrio que los muertos pueden levantarse y los ciclistas encallan en la simplicidad de un charco, para siempre jamás? Una pregunta circula de boca en boca máximamente por el tiempo que dura una estación. Esta pregunta duró años en ser resuelta por los sabios de la Ciudad de Dios. Nadie supo si el afilador había quedado atasca­do en las profundidades del charco, porque lo cierto es que no se le vio más por allí, aunque algunos refieren que abandonó (para siempre jamás) el oficio en decadencia.

  Para Juan Francisco, fue otra pregunta irresoluta. Por entonces se hallaba algo melancólico, y empezaba a amar la vida, es decir, las cosas que valen de la vida, que son pocas. Le gustaba mucho conversar con Pepito cuya inocencia le hacía pensar a su vez en la inocencia del pensamiento humano. El pobre Juan Francisco se estaba haciendo muy viejo. Al tiempo que su corazón se volvía más débil y desfallecía, desfallecían con el todas las bases sobre las que se había sustentado su mundo. Entonces empezó a hablarle a Pepito de que tarde o temprano habría un muerto en la Ciudad de Dios.

  -¿Se ha cumplido ya la prórroga? -le decía Pepito al resucitado.

  -No -le contestaba Juan Francisco-. Pero al Señor le satisface ser incomprendido.

  Parece ser que la muerte es un imprevisto en la rutinaria sucesión de acontecimientos. Parece ser que este mundo es muy extraño porque podemos prever todo con más o menos precisión, menos el momento de la muerte. El momento de la muerte es lo que de veras incumbe, y ha sido vedado al hombre. Pero lo cierto es que en los cumpleaños envolvemos los regalos para que el agraciado no descubra hasta el último instante su contenido. También solemos reservarnos lo malo para lo último. Los médicos aguardan hasta la convicción absoluta la enfermedad depravada. Discurramos un poco: ¿significa esto que el secreto del momento de la muerte está escondiendo un bien o un mal extremo?

  Ayer llovió lentamente como un beso sentido. Algo me elevó de la cama. Miré por la ventana y llovía. Mi primera impresión fue de incomprensión de lo que estaba ocurriendo. La lluvia limpia el mundo por dentro y también por fuera. La lluvia debería tener otro nombre más apropiado, como Don Limpio. Entonces nos daríamos plena cuenta de que están ocurriendo cosas muy extrañas. Pero cuando digo que es extraño ver llover no quiero decir con ello que sea un acontecimiento sobrenatural. La lluvia es un pájaro, uno de lo que vemos constantemente cruzar el cielo. Lo que ocurre es que la Tierra entera es tan inverosímil que debería ser considerada como un suceso sobrenatural. No cabe incredulidad para un ser que está viviendo en un mundo como este, a no ser que las cosas tengan un nombre distinto al que se le asignó desde el principio de los tiempos. Usted mismo confunde su nombre cuando se mira en el espejo. Si tiene una nariz excepcionalmente prominente debería llamarse Don Nariz, y, seguramente, al ver que tiene dos ojos, una frente y un par de orejas diría de usted que tiene cara de chalado o de animal raro.

  Cuando el organillo vibró a la diez de la mañana, todo el público que lo escuchaba en sus casas prefirieron permanecer en la cama. Habían establecido vacaciones por Navidad, y era una impiedad levantarse temprano. Los que vieron el destello de luz del sol de la mañana derritiendo el vaho de los cristales, dijeron después que habían visto el alma del resucitado Juan Francisco vagar sin cuerpo en que alojarse por la Ciudad de Dios. Juan Francisco lo sabía, y esa tristeza de no tener alma era una incomprensión que le hacía recorrer los bares en sus grandes borracheras. El resuci­tado se emborra­chaba habitualmente desde hacía cuarenta años, pero para que los hechos encajaran había que olvidar muchas certezas.

  En aquellos tiempos las noticias recorrían como buenamente podían las distancias de una ciudad en auge, que eran pequeñas, pero aún así no llegaban tal y como se producían. Lo cierto es que un mes después un noticiario nacional creyó encontrar una prueba más de la existencia de Dios. El relato teológico abarcaba al menos dos paginas del periódico, pero apareció una pequeña nota aludiendo al resucitado Juan Francisco. La nota decía así: “Un gran filósofo de nuestro siglo calla más de lo que sabe”. La nota ponía término al escrito teológico sin aparente relación sintáctica con sus últimas palabras de dura teología, lo que hechizó de curiosidad al obispo que empe­zó a preguntarse quién era ese tal filósofo aludido. El obispo lo releyó. Se limpió las gafas con una bayetita y señaló con el dedo índice la parte del escrito en que aparecía la alusión al filósofo.

  -Todos los santos son discretos -le dijo a su ayudante-. Pero nosotros hemos aguardado durante décadas la venida de un Maestro. Averigüe la identidad de este gran hombre.

  -¿Y si se llama Perico? -le contestó su ayudante-. Un santo no puede llamarse Perico.

  El obispo hizo un gesto imprudente que palmeaba a lo lejos los cojonazos de su ayudante.

  -Una buena apreciación, compañero -dijo el obispo.

  Estaba anocheciendo mientras Pepito jugaba a las chapas. El joven imberbe apareció vestido de negro y con una cartera de cuero con hebillas. Lo que mas susto daba de él era la piel blanca contrastando con sus ojos rojos. Daba miedo aunque todavía no hubiera aparecido el color en la televisión, y nadie tuviera ni idea de que los vampiros tienen los ojos rojos. Así son las pesadillas universales. Metidas dentro de la piel, no se las puede reconocer hasta que no se ven en el cine, o algún cura recién salido de claustro del seminario ve por primera vez, después de muchos años recluido, la luz del sol. Curiosamente, hay una universali­dad de sentimientos del los que solos somos concientes cuando las practicamos en nuestras fantasías o en la realidad. El seminarista paró sus zapatos de plástico frente a Pepito que se encontraba agachado, jugando a las chapas, e indefenso porque si hubiese intentado correr le hubiera agarrado por los cabellos y se los hubiese arrancado. Se hizo el silencio. Es extraño que el miedo obstruya los pensamientos. También es extraño que el silencio diga tantas cosas. ¿Se comería vivo el hombre de negro a Pepito o lo aplastaría con su zapato de plástico como una simple hormiguita?

  -Señor, ¿puedo irme a mi casa? -dijo Pepito.

  El cura demoró el silencio recordando su infancia inspirada en el juego de los niños. El sol del atardecer maduró hasta las tinieblas. Se encendieron las farolas. Entonces el rostro del seminarista recobró su tez anaranjada del claustro alumbrado por luz eléctrica. Pepito alzó la vista del suelo, hacia sus ojos. Sin duda, no era un vampiro.

  -Me han enviado de muy muy arriba para hablar con Juan Francisco -dijo el seminarista.

  -Don Juan francisco ya volvió de muy arriba -dijo Pepito.

  La luz eléctrica iluminaba al seminarista de frente sumiendo a Pepito en la oscuridad que ahora contemplaba como una emisión fosforescente que procedía del rostro del aquel hombre extraño que venía de tan arriba.

  -¡Dios mío! -exclamó Pepito-. No me he santiguado.

  El silencio del seminarista era más bien ahora alguna clase de respeto por los habitantes de aquel barrio desdibujado en la nocturnidad, y que con el contacto con el muchachito empezaba a ser algo más que respeto. Entonces el cura habló con mucha solemnidad:

  -Todos somos hijos de Dios -dijo.

  Pepito se puso de rodillas con la vista hacia la fosforescencia del seminarista, y habló con mucha celeridad:

  -Quiero que aparezca un Scalestrix en mi habitación -y salió corriendo hacia su casa a ver si ya estaba allí.

  El seminarista apenas tuvo tiempo de balbucear:

  -¡Eh, muchacho! -quedándose meditando sobre la anómala devoción de los habitantes de aquel barrio, y en la alegría que sería para el obispo cuando le entregara un resumen por escrito de los primeros acontecimientos vividos allí. Todavía desconocía la dirección del santo Juan Francisco, pero tuvo un pálpito grande en el corazón que le dijo que una serie de sucesos extraordinarios para la Iglesia sólo acababan de empezar.

  Ignoro qué pensaría el seminarista cuando supiera de las grandes borracheras del santo Juan Francisco, pero los grandes pálpitos se acomodan en la mente resistiéndose a ser desbarata­dos por las grandes certidumbres que intentan anularlos. En el fondo de sus corazones, todos en el barrio sabían que pasara lo que pasara en el futuro el santo Juan Francisco siempre sería un santo sin alma hasta el fin de los tiempos. Para los habitantes de la Ciudad de Dios que pensaban que traspasar las fronteras de las últimas calles era adentrarse en la obscenidad de un país como el francés que exhibía en los cines películas indecentes ningún suceso era ya extraordinario, por eso callaron dentro de su lími­tes la insólita resurrección de Juan Francisco que resultaría irrisoria para el pueblo vecino, y que jamás aceptarían una prueba de la existencia de otros mundos. Fue un secreto bien guardado hasta que el párroco de la iglesia empezó a dar mues­tras de insensatez llevando el asunto más allá de la incipiente raza surgida de los ayuntamientos de emigrantes gallegos, andaluces y extremeños. A todos les dieron cuenta de las desafortunadas palabras en el noticiario acerca de Juan Fran­cisco, y todos profirieron la misma exclamación, llevándose las manos a la cabeza:

  -¡Es descomunal! ¡Es desmesurado! ¡Es desorbitado!

  En Navidad cesó de llover por un tiempo. Pero, a través del viento que se desató, la voz pálida del alma de Juan Francisco vagando por la Ciudad de Dios vaciló al principio si debería revelarles su secreto. Los acontecimientos que mueven la Tierra no suceden drásticamente, sino que se anuncian primero con sucesos extraordinarios que nos dejan boquiabiertos. Un mundo acababa de empezar mientras que el otro agonizaba con estertores de tos bronquial. La voz del alma de Juan Francisco vagando por el barrio parecía decir muchas cosas absurdas, mezcladas con el silbo del viento, pero había dejado de llover y esto debería querer decir algo. 

  Los sabios de la Ciudad de Dios, agobiados por la rutina de los acontecimientos, creyeron ver exaltados en ello una gran señal. El elemen­to agua, y la voz del cielo con sus truenos y relámpagos, no se habían calmado para transmitir una moderni­dad venidera saciada de bienestar, sino que quería decir algo más. Lo justo era pensar que nadie sabe que ve hasta que no cierra alguna vez los ojos. Para que pudieran ver claro las generaciones futuras, el cielo debía esperar con una gran tregua de agua, truenos y relám­pagos. Pero saber qué vendría en los siguientes años pensaron los sabios del barrio era irresoluble para la humana flaqueza, inoperante para conocer el futuro, y vacilaron con un legajo de papeles en el que daban cuenta a todos de su incapacidad para resolver el asunto. Una de las conclusiones aceptadas por muchos cristianos vino de parte de las monjitas a cargo de los pobres de la Ciudad de Dios.

  -Los jóvenes se rozan mucho en las verbenas -dijeron-. Lo cual es un indicativo de la perversidad del mundo que nos espera.

  Ciertamente, nadie sabía a qué atenerse respecto a la intercalada sequía que vino después de la resurrección de Juan Francisco. Pero poco tiempo después volvió a descargar una lluvia fina como la que había caído durante todo aquel invierno, y unánimemente dieron en olvidar sus cavilaciones. El domingo de navidad en que el clima volvió a la normalidad, el cura no pudo no exclamar en el púlpito su apreciación sobre el futuro:

  -¡Dios mío, el mundo se llenará de niños revoltosos!

  Llovía en la navidad de mil novecientos sesenta y cinco. La neblina se impuso y, los ojos turbios de vapor blanco, los substrajo a todos a un mundo de irrealidad en el que cada cosa podía ser otra diferente como en los sueños. La sensación de irrealidad era tan fuerte que hizo que muchos pensaran que las cosas se estaban volviendo invisibles. Cuando se encontraban unos con otros, se palpaban los huevos para cerciorarse de que aún existían porque no sé quien había difundido la idea (tal vez sin pensar en la neblina y su irrealidad) de que la virilidad era lo último que se pierde. Así de absurdas eran las condiciones de vida que había impuesto la neblina pertinaz que sumió aquel año a la Ciudad de Dios.

  En el patio de la casa de vecinos de Juan Francisco, por ejemplo, hablaban entre ellos a grandes voces. Se tenía la sensación de que el mundo no era más grande que unos palmos de circunferencia. Alrededor del microscópico mundo una neblina hacía de pared, y una lluvia fina y empalmada se introducía en la piel con un gustillo a casa pequeña y a claustrofobia de sábanas blancas hasta el cuello. Lo peor era desaparecer entre la neblina y no volver a verse. Por eso gritaban cuando hablaban entre ellos, porque mientras uno permaneciera despierto había una posibilidad de luchar contra la invisibilidad.

  Llovía en la navidad de mil novecientos sesenta y cinco. Era una lluvia delicada que olía a piel de muchacha virgen, pero sin los cojones de las tormentas de agosto. Era como si la Tierra se hubiese vuelto sensible y poética o cómo si la vida sobre el planeta acabase de empezar y no quisiese despertar al hombre de estacazo. Era mejor que despertase poco a poco a quien habría de dominar sobre sus calles y artilugios para que el despertar, que debería durar mil años, no le asustase con el trabajo de multiplicarse y conducir un coche para cada uno. El cura, hechizado por la belleza de sus avenidas embarradas y las azoteas erizadas de antenas de televisión, sonrió a sus feligreses, y exclamó:

  -¡Hoy os comería a todos a besos!



La Ciudad de Dios

Capítulo tercero




  La persistencia del seminarista venía de arriba, así que habría de regresar algún día. La persistencia del seminarista, además, habría de chocar contra los que creían que Francia estaba dos calles más arriba. El padre de Pepito se movía por toda la ciudad y hubiera jurado que estaban equivocados, pero entonces eran los niños quienes imponían su poderosa imaginación y relataban, antes de dormirse, las historietas retorcidas de los acontecimien­tos del día. La Francia no entendería, no podría entender los últimos acontecimientos que rebosaron la conciencia de lo natural en los habitantes de la Ciudad de Dios. Estaba nublado, estaba a punto de llover. El seminarista apareció al anochecer con sus zapatos negros de plástico. Los niños y los borrachos andan a la par porque tienen entendimientos similares, quizá por eso el seminarista se acercó primero a ellos. Escrutó con la vista el campo donde jugaban, y entonces empezó a tronar y a llover desde el cielo. ¿Casualidad? ¿Enredo del demonio?, o más bien, como pensó Pepito, que el seminarista tenía poder sobre los cielos para hacerles retroceder a los tiempos que marcaron su navidad un mes antes. Todos corrieron asustados ante el poder del seminarista, pero uno de ellos fue atrapado por el hombro.

  La Ciudad no quiso entender las consecuencias de una resu­rrección. El reguero de agua que bajaba por la cuesta del cementerio, y que marcaba los límites de todos los sucesos extraordinarios que habían ocurrido esa navidad, se había desviado por cauces mundanos que sólo provocarían una tarde de risa, y acaso acontecimientos posteriores calamitosos. Los rumores bajaban y se desmembraban en otros regueros incontro­lables. El secreto celosamente guardado en los límites de la Ciudad de Dios sería sólo un absurdo percance en los noticiarios nacionales e internacionales. El viejo Juan Francisco sería escarnecido por sus mentiras y tal vez propuesto para tomar el relevo de un criminal en una de las cárceles abarrotadas de presos. Aquel suceso no sólo iba contra una Ciudad vertigino­samente ilusa, sino también contra la misma integridad del Régimen.

  Don Juan Francisco seguía mientras tanto con sus grandes borracheras en las vacaciones de navidad de maestro de escuela, y sin enterarse del enredo de rumores levantados acerca de su supuesta resurrección. El organillo vibraba al otro lado de la avenida cuando Juan Francisco salió del bar a marcarse un chotis a solas. Bajo la lluvia rodando por sus mejillas, giraban las imágenes de un mundo bonito pero decadente, con sus bloques de cemento que permanece­rían a pesar de todo. Tampoco él era consciente del desbordamiento de los rumores de su resurrección ni los hubiera tenido en cuenta si hubiera sabido algo de ellos, porque una hormiguita como él no puede más que dejarse llevar por uno de los regueros de agua con los que los niños hacían diminutas presas, que apenas tampoco podían controlar. Pensaba Juan Francisco que la castidad de aquel mundo bonito de había vuelto innecesaria, pues la Tierra necesitaba de hombres de buena voluntad que les limpiasen el culo a tanto anciano acumulado durante el periodo de posguerra.

  -Habrá que sembrar hasta las macetas de trigo para alimentar a tanto crío -se decía Juan Francisco-.

  Continuaban las navidades con su alegría, ahora pospuesta por el pasmo, en la linda Ciudad de Dios. Los niños colgaban trenzas de papel en las paredes de sus casas, y se divertían tirándoles alcayatas impulsadas con gomas a las ratas que salían de los ultramarinos y los bares. Entonces el mundo (excepto Francia) estaba bien sujeto a sus raíces y tenía una forma mansa de girar que no escandalizaba a nadie. Cuando el seminarista subió las escaleras del quinto piso donde vivía San Juan Francisco de la Ciudad de Dios, como lo había apodado en sus cavilaciones nocturnas, se cruzó con otros vecinos que bajaban y le dieron los buenos días amistosamente porque no tenían ni idea de a que había venido a aquel portal, y acto seguido vislumbra­ron las razones y corrieron deprisa a divulgar el rumor de que habían dado la extremaun­ción a uno de sus vecinos. Todos en ese momento se alegraron de tener un muerto en la estática Ciudad de Dios, y se dijeron que ya nada volvería a ser igual porque una ciudad sin difuntos es una ciudad sin personalidad. Pepito cruzaba la avenida con sus botas de fontanero, cuando vio al seminarista entrar en el portal, pero comprendió en seguida que se había cumplido la prorroga y que venían a chuparle a don Juan Francisco el resto de su sangre. El pobre Pepito se quedó sentado en la acera de cartones pensando que la vida es vanidad de vanidades como el mismo don Juan Francisco le había enseñado en clase. Así era la ciencia infusa en un niño de cuatro años que no comprende nada pero sabe que algo grande se está removiendo detrás de algunas frases.

  -Vanidad de vanidades -se dijo Pepito-. Habrá querido decir vainilla de vainillas como los helados que te enmelan las manos y chorrean por la barbilla.

  Entonces Pepito exclamó en voz alta como solía hacer su profesor y amigo:

  -¡Oh, vainilla de vainillas, me comería un cucurucho pero prefiero un pastel de chocolate! -entristeciéndose porque todo un verda­dero pastel de chocolate se consumía en el quinto piso, gota a gota, mientras se infundía en su mente una imputación contra sí mismo y contra todos los pasteleros del mundo.

  El barrio, construido colindante al centro de la ciudad, persis­tiría en su inocencia acerca de la muerte hasta que, muchos años más tarde, aparecieran los curanderos con sus teorías sobre la reencarnación que puso fin a las disputas y a las exageraciones de vastos imperios sumergidos debajo de la Tierra y más arriba de las nubes. Emborrascados, los curas arremetieron con nuevas teorías que nadie entendía pero que dejaban un sabor a grandes palabras. En el tiempo en que los sabios habían desaparecido de la Ciudad de Dios, las discusiones teóricas volvieron a la palestra. Estos mediadores entre la Iglesia y el pueblo enveje­cieron de viejos, y desde entonces todos descansaron debajo tierra de los enredos mentales de un populacho amigo de nove­dades. Los curas tronaron. La ciudad entera perdió unanimidad. Los enredos se enredaron aún más y ya nadie quiso saber de la vida y de la muerte, acontecimientos que solamente concernían a los hospitales.

  Un mundo emergente ascendía de las profundidades del averno para confusión de pecadores. Los límites del nacimiento y la defunción serían para todos un enigma sin resolver. Inhábiles para saber cuando alguien iba a nacer o morir, guardaron silencio hasta un tiempo prudencial en que las enciclopedias hablasen. En las letras de vastos tomos pulcramente encuadernados vieron por primera vez como se hacían los hijos y las enfermedades que aquejaban a los ancianos. No les interesó lo segundo sino lo primero, y a la búsqueda de una fórmula que dejase claro los detalles muchos se lanzaron a recorrer el mundo. En Francia, que sólo hacía una década que figuraba en el mapa de los sabios dos calles más arriba, encontraron lo que buscaban.

  Francia si que era ahora un país lejano, a lo mejor más lejano que la China, y esa sensación de encontrase en un mundo muy grande produjo estados de desvanecimiento cuyas causas nunca fueron resueltas. Pero, si el mundo es tan descomunal como dicen las enciclopedias, por qué no unir nuestro país a las calles colindantes. Esta idea genial que, como casi todas las ideas geniales surgió de los niños, fue aceptada, y en conmemoración de la resolución tomada por los primeros españoles asentados en la meseta de la Ciudad de Dios las pesetas se grabaron con la inscripción de Una, grande y libre. Así lo dicen las crónicas más antiguas de las que no hay que dudar en los cuadernos cuadriculados de la escuela.

  Don Juan Francisco se encontraba resacoso de la última borrachera cuando el seminarista subió las escaleras.

  -¿Qué dice? -comentó Juan Francisco después de la parrafada teológica expuesta por el seminarista.

  -No me oculte nada de lo que sepa -dijo el seminarista.

  -Bueno, si insiste -dijo Juan Francisco.

  -Ahora empiezo a reconocerle -comentó el seminarista.

  -¿Tiene fuego? -dijo Juan Francisco-. Necesito fumar.

  -Inquietante -exclamó el seminarista, y apuntó en su cuaderno de notas la excitación del santo.

  Así comenzó Juan Francisco el relato de los hechos que le habían convertido en el personaje estrella de la Ciudad de Dios. Al principio, Juan Francisco se sintió anulado por la vanidad, más tarde por la piedad hacia el seminarista que asentía ante lo incomprensible de su narración, tan fantástica como madura teológicamente, hasta que se dio por terminado el primer encuentro entre el seminarista y Juan Francisco, y éste recobró el conocimiento de su propia personalidad suprimida por la vanidad y la resaca, y, calmándose, exclamó:

  -¡Joder! Pero si le he relatado casi al completo La Divina Comedia.

  Había un gran regocijo en todo el barrio pues el santo ya había pactado con el arzobispado el destino de la Ciudad de Dios para el fin de los tiempos. Al parecer, el santo traía del otro mundo un mensaje esperanzador, y la Ciudad de Dios quedaría a salvo de las apisonadoras gigantes que destruirían la urbe. Fue una ilusión momentánea que produjo la primera salida del portal de Juan Francisco del seminarista de los zapatos de plástico, porque, por un lado, se creía que el arzobispado tenía el poder de la destrucción de las destrucciones y, por otro, un resucitado traía un mensaje de más arriba. ¿Por qué pactar un mensaje que venía de arriba, arriba, arriba? La contradicción descubierta por los sabios no tardó en revelarles que sólo seria destruida la mitad. ¿Pero que parte quedaría a salvo para irse a vivir a ella?

  En la noche en que dejaron al descubierto entre basuras el ataúd de Juan Francisco, el silbo que producía el viento no dejó de sonar. El silbo estremeció todas las esquinas de la Ciudad de Dios, y nadie supo por qué el barrio amaneció con los bloques de cemento recortados a noventa grados. No sólo eso. El silbo pareció hablar de multitudes despachurradas. En la noche en que el ataúd de Juan Francisco estuvo a la intemperie, pasaron muchas cosas. Alguien vio un borracho comiéndose una pirueta y abandonar la botella vacía en el suelo. Un niño se lanzó desde el segundo piso de su casa con el único auxilio del paraguas de su padre, y anduvo caminando solo por el barrio hasta que lo encontraron llorando casi en el límite de la frontera con Francia dos calles más arriba. El silbo parecía pronunciar con dificultad las palabras agonía, soledad, gemidos. Eso quería decir algo, pero nadie pareció entender cuando a la noche siguiente se embriagaron de vino tinto. El pesimismo en el que podía haber caído el barrio pasó por encima de ellos como un ave feroz, y nadie supo retener la enseñanza. ¿Hasta cuando seguiría la Ciudad de Dios desperdiciando su vida en la impiedad? Tal vez por eso tuvo que haber un resucitado que les animara a una vida austera y consecuente con las creencias de sus mayores. El pesimismo es inconstante pero la tibieza es más dramática. En la noche de navidad de mil novecientos sesenta y cinco ocurrió lo extraordinario. Un pobre maestro de escuela en estado extremo de alcoholismo resucitó de entre los muertos, y todos pudieron verlo al día siguiente pasear por la avenida embarrada tambaleándose, mientras que los que se asomaron a las ventanas al crujido nocturno de las bisagras del ataúd nunca olvidaron un suceso tan raro.

  Bastó el silencio en el que anduvieron sumidos durante meses. Las palabras desgastan las cosas extraordinarias como el pan, los ojos, las macetas cuajadas de flores, y ellos no podían prever la clase de amargura que aguarda a los que olvidan a sus resucita­dos. Muchos pensaron que una gran noche ilimitada descansaría sobre los cielos de la Ciudad de Dios. Pero lo cierto es que nadie anduvo prevenido de velas, y dieron en desacordarse del peligro. Pasó el primer día, pasó el segundo, pasó el tercero y aquella clase de cielo era un amor y una belleza de luz desde las ocho de la mañana. Sin duda, no habían olvidado.

  Aquel día, el carbonero emergió del sótano del local tiznado de arriba abajo menos los ojos. La silla en la puerta donde se sentaba a aguardar a los clientes le esperaba temblando de miedo, según contaron los amigos de Pepito. El carbonero se dirigió hacia ella tranquilamente como si ya hubiese cumplido la misión asignada desde el principio de los tiempos. Fue la deducción del siglo, tal como pensó Pepito. El carbonero era quien había bajado a los infiernos para rescatar a don Juan Francisco y así darle una segunda oportunidad. La visión espectral de sus ojeras blanquecinas contrastando con la mugre que lo cubría no parecía desmentirlo. El cuerpo esquelético parecía indicar el ejercicio de una lucha feroz en donde nadie lleva comida. El carbonero era alcohólico como don Juan Francisco, y todo el mundo sabe que los alcohólicos se ayudan entre sí. Todo encajaba. Quienes todos creían un pobre infeliz, era un héroe.

  Este rumor, que al principio fue defendido por los santos niños de la Ciudad de Dios, fue devuelto a su lugar de origen trastornado por putas, borrachos de un solo día y sifilíticos en curación del lugar donde vivía el carbonero. Ayer nos alimentá­bamos de fruta fresca del día, hoy de los despojos insensatos de las canteras situadas en las afueras del barrio. Aquellos lugares daban susto ser visitados, pero los curas de pobres que los frecuentaban sólo tenían miedo al demonio. ¿Qué decían aquellos rumores? ¿Cuál era su pez que manchaba las buenas costumbres de la Ciudad de Dios?

  Las canteras donde vivía el carbonero estaban situadas más allá de los límites de la Ciudad de Dios. Los habitantes de las canteras eran crueles con los extranjeros que las visitaban al anochecer, pero indiferentes a su presencia durante el día. Pasaban de uno. Ni buenos días, ni buenas tardes. Huraños, contemplaban la puesta de sol, reunidos, que les trasformaba en seres feroces. Refieren las crónicas más antiguas que los primeros habitantes practicaban el canibalismo, y, aunque nadie les dio crédito, quedó en el subconsciente universal como una advertencia para que nadie traspasara sus confines. En definitiva, que eran muy pobres, y como sobre todos los pobres pesaba sobre ellos el estigma de la maldad. Aislados, nadie sabía de sus miserias para echarles una mano, ni de sus sencillas alegrías que consistían en la contemplación de las puestas de sol como los hombres lobos. ¿Quién sabe si el carbonero era el Hombre Lobo que luchó contra el malvado conde Drácula en una lucha a muerte que todos pudieron ver en la pantalla del cine?

  -¿Por qué siempre gana el Hombre Lobo? -preguntó Pepito a su padre.

  -Pues porque el conde Drácula se cree tan fuerte que no usa pistola -respondió el padre con una sonrisa de asombro por su sabiduría.

  Llovía en la navidad de mil novecientos sesenta y cinco. Llovía y olía a podrido por las noches como una bendición de lo alto, porque era señal de que empezaban a sobrar los alimentos. El reinado de las ratas se impuso, y era una alegría verlas trotar de noche por las aceras moviendo el culo como una adivinación de los nuevos bailes impúdicos que vendrían, y es que las ratas perdieron el pudor con la gran hambruna de la posguerra. Defecaban, hacían el amor y hasta se tocaban delante de todo el mundo. Por poner un ejemplo adyacente, antes de la prosperidad había tantas putas figurando en las listas negras de la policía que dieron en olvidar con los nuevos tiempos los argumentos que les habían puesto al borde del precipicio de la perdición. En mil novecientos sesenta y cinco, casi desaparecieron, porque ya no eran útiles, ni en realidad lo habían sido nunca, hasta que aparecieron los besos en televisión y volvieron a activar a los descarriados. El beso gustó mucho a los directivos de la televisión. La cuestión era que atraía la audiencia, y el beso se aplicó casi a todas las películas. Por su parte, en la vida cotidiana, todo el mundo quería probar esa nueva ocurrencia de las estrellas del cine.

  -¿Cómo es un beso” -iban preguntando los jóvenes imberbes por la calle.

  -No tiene nada de particular -les respondían los viejos para quitarles la curiosidad-. Es sólo cómo refregarse los labios con aceite de oliva.

  Pepito abrió la despensa y sólo encontró aceite de ricino. Al principio no le pareció una cosa tan maravillosa como para tener en vilo a todo el mundo y le dio un buen trago. Lo soltó todo en el retrete, y al día siguiente, cuando el organillero apareció con su hijita vestida como una princesa, puso cara de asombro mientras se masajeaba la tripita, todavía malo por la diarrea del día anterior y le dijo:

  -No entiendo por qué las estrellas de cine no van nunca al excusado.

  -¡Qué tonto! -le respondió la hijita del organillero mirando a su padre-. No sabe que las estrellas de cine tienen el culo en otra parte.

  Pero la degeneración no habría de llegar aún, porque las muchachas se negaban todavía. Sin embargo, no maduraría esa generación sin conocer el sabor del aceite de oliva en los labios.

  Llegaron tiempos mejores cuando Juan Francisco resucitó de entre los muertos como una señal de que el mundo aún podía reconciliarse con lo alto. Alguno sintió el olor de las rosas en plena navidad, pero no cayó en la cuenta del milagro hasta después de la muerte de Juan Francisco, cuando la época que siguió al resucitado había reventado toda la mucha poca religiosidad que aún quedaba, y calló para siempre por miedo a hacer el ridículo. Digo que llegaron tiempos mejores cuando Juan Francisco resucitó de entre los muertos porque nadie se esperaba que de un trompazo tan grande cómo en los que andaba siempre sumido Juan Francisco llegara a argumentarse por los sabios de la Ciudad de Dios toda una nueva teología. La parte más importante de esta nueva teología centraba la tesis de que “todo es posible” al mismo tiempo que “todo es imposible”. La contradicción era ardua de solventar, pero dieron con una solución feliz. Hay un “Posibilitador” o “Imposi­bilitador”. Posible es que haya cubos de basura, borreguitos en el cielo anunciando charquitos en el suelo, ratas, tenderos, resucitados, al tiempo que es de sentido común imposible que haya cubos de basura, borreguitos en el cielo anunciando charquitos en el suelo, ratas, tenderos y resucitados. El más anciano se levantó de su asiento disgustado ante la irresponsabilidad del Consejo de Sabios.

  -Los chiquillos se confundirán -dijo-. Cuando un pastel pueda valer una millonada y al mismo tiempo sea gratis, la ansiedad les destruirá.

  El anciano tenía las venillas de los ojos irritadas por el humo del tabaco, cuando golpeó con el puño sobre la mesa del Consejo:

  -¡No! -dijo-. No podemos sacar nuestras conclusiones a la luz pública.

  Otro anciano dijo:

  -Creo que el anciano mayor exagera. La teología es como el cuento del ratoncito Pérez. Que yo sepa ningún niño se ha mellado a sí mismo para hacerse rico.

  Otro anciano dijo ingenuamente:

  -Podíamos dedicar el tiempo que perdemos en teologías en inventar un pastel barato.

  -Los pasteles siempre han sido caros -dijo otro anciano de barba bruñida, y con ademán pesimista añadió-: Nunca lo conseguiréis.

  -Enviaremos una carta a Franco para que les baje el precio -dijo una voz.

  -A Franco no le gustan los pasteles -respondió el de la barba bruñida.

  Cuentan las crónicas más antiguas que aquella tarde alguien venido de muy lejos puso fin a la sequía de tres días por artes de magia. El hombre exhibía unos rasgos en el rostro que daban mucho miedo, aunque él mostrara indiferente a los habitantes del barrio la cicatriz que recorría un caminito recto desde la patilla hasta el principio de la barbilla. Le preguntaban por ella y él respondía que venía de una guerra. La cuestión que nos trae es que el hombre abrió los brazos (o se desperezó) en medio de la gran avenida blandiendo una pluma de ave, y se presentó delante del Consejo de sabios. Todos recelaban de él, pero habló con mucha mansedumbre. Algo debió oír de lo que hablaban los sabios porque tachó de supersticiosos y embaucadores a todos por creer que los pasteles podrían alguna vez ser asequibles a los muchachos, y con un aspaviento suave de sus manos venosas y delgadas y morenas, dijo:

  -Yo vengo a alentarles más bien de la gran sequía que están padeciendo para lo cual les he traído mi pluma de orangután.

  -¡Ja! ¡Una pluma de orangután! -estuvo a punto de soltar una carcajada uno de los sabios.

  -Lo que usted no sabe, señor -dijo otro de los sabios-, es que ninguna enciclopedia habla de que los orangutanes tengan plumas.

  -Caballero -dijo el hombre de la cicatriz-, yo vengo de un confín del mundo a donde todavía no han llegado los enciclopedistas.

  -¡Ah!

  Otro de los sabios hizo una reverencia al señor de la cicatriz y puso en cuenco sus manos para recibir la preciada pluma de orangután.

  -Es usted muy amable, señor -dijo.

  -No -dijo el hombre de la cicatriz-. Son cinco duros.

  Como todo lo que ocurría en la Ciudad de Dios jugaba a ser marcado por la incertidumbre, este barrio hubo de madurar con una fe en los acontecimientos a prueba de balas. Muchos de sus habitantes se preguntaban si se estaban volviendo estúpidos o por el contrario muy inteligentes. De ello nunca tendrían certeza a ciencia cierta, hasta que el hombre sabio de la cicatriz les explicó que en el mundo había ciudades raras que se complicaban la vida y ciudades alegres que vivían despreo­cupadas de todo. El día de la despedida del hombre sabio que trajo la pluma de orangután todos tuvieron la impresión que no se dividirían en raros y alegres, sino que serían hasta el fin de los tiempos las dos cosas a la vez. Así marcharon unidos al autobús que lo haría desaparecer para siempre, dejando al partir una bocanada de humo negro que sumió a sus habitantes en  un ámbito de irrealidad como si el hombre de la cicatriz nunca hubiera pasado por la ciudad, y detenido, por artes de magia, la sequía que azotó al barrio aquella navidad durante tres días. Cuando ya el hombre estaba muy lejos y la sonrisa persistía en las caras de los habitantes de la Ciudad de Dios, alguien cerró la boca para luego abrirla con la serenidad que pone la sabiduría en los labios:

  -A pesar de todo, sigo creyendo que los orangutanes no tienen plumas -dijo-. Así que me parece que nos han timado y reído de todos nosotros por cinco malditos duros. Pero lo peor de todo es que nunca lo sabremos, como todo lo que ocurre en este barrio que tal vez no haya existido nunca.

  Sin duda, el hombre que alzó la voz para pronunciar aquellas palabras, tenía un mal día, y por eso añadió:

  -Bueno, existir, existir, sí. Pero alguien tendrá la culpa de que hasta de eso se dude.



La Ciudad de Dios

Capítulo cuarto



  El carbonero vivía encerrado en sí mismo y en el alcohol. No hablaba con nadie porque hablar con alguien era exponerse a la contamina­ción de la irrealidad que asolaba la Ciudad de Dios con sus ficciones y fábulas irracionales. Este mundo tenía para él la cualidad de la lluvia que caía incesantemente. Lo que no se puede abrazar como la lluvia tiene una existencia embarazosa ya que no se puede demostrar su objetividad. La Ciudad de Dios y la lluvia hubiera sido mejor que nunca hubiesen existido pues sólo servían para hacer pensar al hombre en la inexistencia y en la nada. Un carbonero cerca del brasero para no pasar frío, una mujer que pide un kilo de carbón, no cambian nada las cosas. Pero todo el barrio desfallecía en la invisibilidad de la irrealidad, y él, sin embargo, era tan objetivo como el hambre que había pasado durante toda su vida, porque tenía la piel tan sucia que parecía africano, y la invisibilidad, como todo el mundo sabe, es una transmutación del blanco al incoloro. Jamás se doblegaría a la invisibilidad o irrealidad, que para él eran la misma cosa, y la más grande aberración del mundo al que pertenecía. La decadencia del mundo en el año de mil novecientos sesenta y cinco estaba aguardando la complicidad del hombre más grande de su tiempo, pero él jamás intervendría en la Ciudad de Dios contaminada por la irrealidad, pues la inmunidad del carbonero ya había sido predicha por los libros más antiguos, que jamás leyó y sólo pudo observarlos en sus sueños, encuadernados con azulejos de la Alhambra y caracteres arábicos. Fue sólo un sueño pero más real que las fabulaciones que agregaron arrogancia al hecho de la resurrección de Juan Francisco. Él era más grande, y la contundencia de las pruebas del sueño que tuvo un mes antes de la resurrección secundaban las palabras del sabio de no sé donde que en no sé qué libro había escrito que la vida es sueño.

  -¿Qué clase de sabiduría es esa? -le dijeron una vez despectivamente.

  -La mía -contestó el carbonero arrogantemente.

  Pensaba el carbonero que un libro no es nada. Pero un libro, como el que había visto en sueños, con caracteres arábicos, sí debía de ser algo importante porque no se entendía nada. El carbonero solía despertar muy temprano, pero aquel día dieron las diez, dieron las doce, y seguía durmiendo. Sumido en el bienestar de las culebrillas descansando como serpientes del Edén que había en los extraños caracteres, dedujo que su misión en el mundo de ahora en adelante sería instruir de sabiduría verdadera a la Ciudad de Dios. La serpiente y la sabiduría. Nada más y nada menos.

  Aquel domingo, coincidió con Juan Francisco el resucitado en la iglesia, pero ya era demasiado tarde para entablar conversa­ción con él porque la inteligencia del carbonero era otra. Al confron­tar sus miradas, Juan Francisco debió percibirlo antes que ningún otro ciudadano de la Ciudad de Dios. Se dice que las grandes transfiguraciones que cambian nuestro destino ocurren apenas en una noche de insomnio. El carbonero en cambio recibió el don de la sabiduría mezclada con el alcohol en una noche de sueño agotado entre vómitos. Muchas veces, había bebido en el bar con Juan Francisco. Ahora eran dos extraños que jamás podrían comprenderse.

  -Así es la vida -balbuceó el carbonero al cruzarse con el resucitado.

  Llovió toda la noche. El malestar del carbonero empezó a las tres y cuarto de la madrugada. Lo dedujo todo como de un cristal transparente. Puesto que la irrealidad y la invisibilidad eran para él la misma cosa, el barrio con todas sus ficciones y fábulas desapare­­recería antes de que terminara la navidad, dejando apenas una chinitas en el suelo de aviso y escarmiento para la Nueva Ciudad de Dios que se edificaría encima de ella. Decidió que en ella no habría niños fantasiosos como Pepito, ni consejo de sabios ni resucitados. Ni tampoco sería tan rara como para alarmarse por una sequía de tres días. Sería una ciudad masónica. Así lo pensó a las tres y cuarto de la madrugada antes que los remordimientos de conciencia empezaran a cebarse con su mente al borde del desequilibrio. Era la nostalgia de barrio que sienten todos los que han vivido alguna vez en uno de ellos. Hay muchas formas de morirse, y morirse de pena no es una variedad extravagante. Cuántos hombres han sentido la pena a lo largo de la historia, así de truncadas aparecen las grandes tragedias. Se deduce de ello que la pena es la más eficaz de las oraciones. Se deduce también de ello que no querer que ocurra una cosa es como trabajar poniendo tu pequeña piedrecilla para que no ocurra. Muchas cosas debió de deducir el carbonero porque tres días después de la navidad la Ciudad de Dios era al menos más tangible que la lluvia, con sus edificios de ladrillo recién estrenados y el cielo erizado por las antenas de televisión, y el barro y los charcos en el centro de la gran avenida y los cartones en el suelo simulando aceras.

  Prever el futuro debe ser como partirse de risa. Quizá alguien pueda ver a un hombre pisar una cáscara de plátano antes de enfilar la calle que será la ruina de su dignidad de homo sapiens erguido sobre dos patas. Tirado de culo en el suelo, pensará en los grandes profetas que solo pudieron adivinar el futuro descrito en símbolos. Pero el que vio la tragedia claramente y no le avisó pasará desapercibido por los tiempos de los tiempos. Dicen que estos últimos se ocultan entre el gentío para no ser quemados en la hoguera por puro dominio del arte de la brujería. Dicen también que no les satisface la riqueza de acertar en las quinie­las, sino que únicamente les alienta la práctica del adulterio con el macho cabrío. Dicen eso, pero yo personalmente me inclino por la incredulidad puesto que el macho cabrío siempre miente. También es cierto que mezcla mentiras con verdades para confu­sión de la humanidad, o que sólo puede prever el futuro par­cialmente y que el resto de realidad que queda por descubrir sea un invento de la depravación de las tinieblas. Mi consejo es que todos los hombres que caigan de culo al pisar una cáscara de plátano busquen entre el gentío al brujo que lo supo con antelación, y si tienen arrestos le propinen una patada en el culo no vaya a ser que lo haya provocado el infame con su maligni­dad.

  Llovía en la Ciudad de Dios con la lentitud del vuelo de las aves de rapiña, que no tienen ninguna prisa por matar pues se alimentan de moribundos y de lo que les dejen los demás deprava­dos carnívoros de la naturaleza. No  cabe duda que la naturaleza es cruel, pero la Ciudad de Dios, aunque parecía un elemento orgánico más de la gran urbe, retenía algo del pasado que el resto de los barrios no tenían. Parecía como si por allí no hubiese pasado la gran pesadumbre de la guerra civil pues nadie decía haber oído hablar de ella, y sólo era mentada en las enciclopedias que nadie se molestaba en leer. Sucedía que todos eran buenos e incapaces de hacer daño. Por eso cuando Juan Francisco se encontraba recién resucitado, y dedujo que tenía un amigo y un enemigo, dio en pensar que el enemigo debía de hallarse de paso por el barrio. Tal vez podría tratarse de un viajante al que no compró unas baratijas. Tal vez, tal vez. Pero tenía que descubrirlo si no quería ser enterrado, cuando muriese de verdad, en un estercolero.

  Ya he referido que los parientes dejaron la caja del muerto Juan francisco junto a los contenedores de basura cuando el auto que debía transportarlo hasta el cementerio se estropeó nada más dar unos pasos. Los parientes de Juan Francisco sólo se reunían de difunto a difunto. Difícil deducir por el arte de la filosofía un enemigo invisible. Aún así se lo propuso.

  Por entonces, habría unos cincuenta mil habitantes en la ciudad de Dios. Supo en seguida que tendría que ir descartándolos uno por uno. Juan Francisco era un buen hombre que no quería caer en la difamación. Visitar uno por uno en sus casas a todos los habitantes del barrio sin duda disminuiría el riesgo. El primer día visitó a cuarenta vecinos, parlamentó largamente con ellos, dilucidó que su enemigo no se hallaba entre ninguno de ellos. El segundo día empezó a cansarse de su gigantesca investigación, el tercer día desistió.

  -Cuando acabe con todos los españoles de la Ciudad de Dios, entonces si que caerá la desgracia sobre mí -se dijo-. Los franceses que habitan dos calles más arriba son los siguientes sospechosos, y según las enciclopedias son cuarenta millones. Pero lo peor de todo es que no sé una mierda de francés.

  Entonces fue cuando empezó su investigación metafísica ya que no le vio camino humano a la investigación policial.

  El gran sol iluminó su frente durante uno de los tres días de sequía para dignificar su pesadumbre de pensador. Como el enemigo había actuado después de muerto depositándolo junto a unos contenedores de basura, su odio, el odio del enemigo, debió verse privado de asistir al momento en que cayó a las tinieblas de las que nunca se puede regresar. Su enemigo no pudo recrearse en la muerte. Sin duda, debió ser una sorpresa para él que el alcohol ejecutara lo que estaba tramando desde hacía tiempo: el asesinato de Juan Francisco. En ese momento, el autobús que transportaba a sus paisanos a otro barrio de la capital se vio embarrancado en un charco. Harto de acelerar y hundirse más en el barro, el conductor del autobús y el taquillero bajaron a ver que se podía hacer. Subieron de nuevo, dieron marcha atrás y el autobús salió del charco. Eso fue lo que había ocurrido exactamente con la vida de Juan Francisco: la vida había dado marcha atrás resucitándolo y hundiendo en la infelicidad a su adversario. Ahora sólo quedaba esperar que su enemigo viniera a matarlo del todo. Así lo reconocería.

  Juan Francisco se preguntó si de verdad se podía ser tan genial como él a la vista de los resultados, pero ya había empezado la marcha atrás del delirio que substrajo durante los tres días de navidad a la Ciudad de Dios.

  El domingo empezó a llover y siguió haciéndolo hasta el domingo siguiente. El agua corrió a raudales barriendo las aceras de cartón, inundando las alcantarillas y haciéndolas rebosar de ratas que ascendieron a la superficie, ahogando un sencillo jardín que el alcalde había proyectado cien años atrás, y, sobre todo, hiriendo mortalmente la gran avenida que se convirtió de repente en intransitable y silenciosa. Pero también cayó el agua santa sobre las cabezas de los ciudadanos que dieron en reconocer que algo extraño había pasado durante los tres días de navidad.

  De repente, se vieron enredados en pensamientos humillantes que les hicieron pensar que tal vez no fueran tan especiales como creían. Uno dijo:

  -¡Pues vaya!

  Y otro, bostezando:

  -¡Pues parece que sí!

  Sin duda, estaban despertado de un letargo que les había sumido por tres días en la invisibilidad o irrealidad. Volvieron a parparse los huevos por detrás comprobando que la virilidad no era lo último que se perdía, y empezaron a caer en el nuevo delirio que les deparaba el destino del realismo y la madurez. Cuentan que cuando aparecieron los primeros hombres maduros en la Ciudad de Dios hubo quien lloró de rabia porque supuso que los pasteles serían una contradicción de ahora en adelante. ¿Cómo podría concebirse una ciudad madura con dos pastelerías en cada calle? Los nuevos tiempos parecían querer acabar con los pasteles. Las golosinas podrían también extinguirse. ¿Morirían entonces de hambre los niños? Cabía la posibilidad que los niños comieran por fin filetes ensangrentados vuelta y vuelta. Pero entonces ¿cómo los callarían cuando empezasen a berrear sin un Chupa-Chus?

  Cada era trae sus inquietudes. Acababan de atravesar la era de la velocidad del pensamiento y la sequía a la era del pensa­miento sedentario y las cabezas refrescadas. Durante el paso de la Edad Media a la Edad Moderna también surgieron inquietudes y las cosas pasadas también parecieron irrisorias. El dominio de una mente infantil daría paso a una mente equilibrada. La mutación había durado tres días. ¿Por cuánto tiempo dominarían la tierra las cabezas refrescadas?

  Todo empezó cuando un niño entró en su casa con los zapatos manchados de barro. Lo intolerable fue sentido en todo el barrio, y el niño recibió una paliza por ello. Estaba ocurriendo que los mayores ya no entendían a los niños. Todos los niños eran unos hijos de puta que habían mantenido en vilo a un barrio decente durante tres días. Las palizas se multiplicaron. Eran la podre-dumbre, la corrupción, la impureza, la disipación de las buenas costumbres. El riesgo aumento cuando uno de ellos besó en un descuido la puntita de los labios de la hija del organillero. El niño dijo que sólo estaba jugando a las películas. Pero la voz del escándalo recorrió todos los rincones de la Ciudad de Dios:

  -Hubiera sido mejor pillarle encendiéndose un puro -dijo una de las cabezas refrescadas.

  El consejo de sabios debió de oír alguna de la voces que se disipaban sólo con la lluvia, y ordenó taponar a todos los niños la boca con un esparadrapo para que no aprendiesen a fumar hasta los catorce años. El miedo se apoderó de los menores de edad, lo que fue interpretado por las cabezas refrescadas como una señal de culpabilidad. En fin, que todos los niños empezaron a ser felices. Habían sido descargados de la responsabilidad de la dirección espiritual del mundo adulto. El insoportable peso de decidir recayó sobre los cabezas refrescadas, y ellos ya no fueron casi nada desde entonces. Desplazados, se convirtieron en mierdas que cruzaban la avenida encharcada con botas de fontanero, y nada les incumbía de lo que tuviera que ver con el destino de un barrio en decadencia. Sin duda, era que el mundo estaba cambiando.

  -Sin pastelerías abiertas hasta la nueve de la noche ya no seremos nadie -opuso Pepito, y prosiguió tratando de alentar a sus amigos-. Hasta el fin de los tiempos en que los muertos resuciten con hambre.

  -Y habrá que comer solomillo vuelta y vuelta -opuso otro de los niños.

  -Ya nos las arreglaremos con las chucherías -advirtió optimista el tercero.

  Por otra parte, la tercera aparición del seminarista de ojos rojos que no aguantaban la luz del sol habría de decidir la transición del mundo antiguo al mundo moderno de las cabezas refresca­das. La conclusión que hizo más contundente su tesis sobre los hechos que habían acontecido en el barrio fue esta:

  -Los niños de este barrio llegan a la senilidad a la edad de cuatro años -explicó cerrando el paraguas y dejándose empapar por la fría lluvia.

  El obispo se tocó el mentón, y, lamentándose, dijo:

  -Necesitamos un resucitado.

  -El resucitado es un borrachín -explicó el seminarista destaca­do.

  El ayudante del obispo, el que no podía admitir que un santo se llamase Perico, intervino en ese momento sin salir de su cualidad de aturdido.

  -Yo guardo una pistola de mi padre de cuando la guerra -dijo-. Podemos volverle a matar a ver que ocurre.

  En ese momento, el obispo se dirigió al seminarista destaca­do de ojos rojos en voz baja, y sentenció para siempre la muerte de un mundo y el comienzo de otro:

  -Así seríamos de brutos sin la inteligencia de hombres tan astutos como usted -le dijo dándole unas palmaditas en la espalda y cerrando para siempre el asunto del resucitado.

  … Y la joven Ciudad de Dios se salvó de la invisibilidad o irrealidad que azotó aquel año como somnolencia de hambruna de perro.

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