miércoles, 25 de mayo de 2016

Anduve en la noche...

                       I

Anduve en la noche equivocado.
Pensaría, yo, que aquel estrépito
era la claridad que venía,
y caminaba por ella alborozado.
Idearía la alondra
un amanecer
en el frescor de tu costado,
y unas rosas empapadas de lozanía
y del rocío de la amanecida.
¡Ay, cómo cantaba la alondra!
    
                   II

Mi jardín perpetrado por manos
de un jardinero irracional,
trozos de él recuerdan pretéritas verduras,
tensas cuerdas de guitarra primaveral.
No es nada. No me pasa nada.
Pero el amor que sabe abrazar
no pasará por mi lánguido jardín.
Perjuraría que no va a pasar.
¡Oh, mi disipado jardín
que fúnebremente ideal
llegó hasta el invierno!,
hoy batido por un viento invernal.

                      III

Junto al mármol, una amapola
te velará en el sueño.
No pidas más. Te recordará,
cada primavera, el beso
breve de la vida.
Trasminará de tu cuerpo
un exceso de amor de la carroña.
Y habrá en el viento
una parte de ti
obcecada y durmiendo.
Y tanto como fuiste
seguirá transgrediendo
la ley severa en cada respiración
de los enamorados,
y estiércol generoso serás,
hospitalario con tu flor leal.

martes, 17 de mayo de 2016

No por su mente...

No por su mente que todo lo viola, no por su delicado rostro tallado por una rosa durante los trabajos de la primera primavera, yo daría mi vida por su espalda, vértigo de las caídas que fueron alguna vez desde sus hombros. Vivimos los tiempos de los costillares benditos de agua y sangre, rotos de las frontales miradas de la cognición y esperando todas las demás frontalidades. Yo amo la espalda de Dios y razono que mi dedo que le apunta puede apuntar también hacia lo que odio. ¡Qué pena que tan grave viento milenariamente caído que la refrescó hállese vuelto loco! No tengo más pena que Dios haya cerrado y concluido su obra en este atardecer triste de espaldas hondas. Atardecer triste de nadas rebosantes. Atardecer de cerraduras y rosas.