Tengo la mañana fecundando el valle
que se ha dormido, súbitamente, en el desmayo
hermoso y grande de unos ojos.
Tengo la roca sobre la roca en que me apoyaré herido
hacia las soñadas montañas inasequibles.
Y embriagado de tanto bien, respiraré,
como quien duerme y su respiración no es muerte,
y no se parece nada a la muerte,
y me reconcilia y me envejece,
cuando abandono a la lejanía
la mirada que se pierde sobre el valle,
que no se parece nada a la muerte.