Lejos eres dueño de
algo magnífico. Lejos eso es tuyo. Por eso cuando siento la respiración
descomunal de tus pulmones y corroboro que es la lluvia lo que escucho
apartadamente, sé que eres dueño del aguacero, y no eres malo. El pulmón
pequeño, que es caliente, que si lo cierro haciendo una cuenca con las manos
bendecirá toda clase de pulmones, altos y los bajos, porque avisan de una próxima
felicidad forastera o vernácula, me hace llorar, y he empezado a esperar, en
esa carne que con sumisión vemos evaporarse, no la tuya no la mía, sino la del
universo, reafirmarse en que aún prosigue escuchando a los hombres.