Tras los ojos defectivos de la vejez
y la mano y la rosa en la frente,
yerran incorpóreos afectos al anonimato,
a una suerte de gloria en derrumbarse.
¡Derrumbarse!...asombrar al laude y la carroña,
al gusano. Porque hay una melodía queriendo verdearse
(inexperta y temblorosa en el jardín del infante,
dormida en la lubricidad de la primavera)
y diluirse en la meditación humilde de la piedra.
¡Adiós!... La palabra que más embauca y pesa,
y este agua triste en la boca del alejamiento.
Y suponer, olvidando, que no nos ha dolido la vida...
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