Asimilar algo es
permitir que ese algo se mueva dentro de nosotros, es permitir que nos suponga
una conmoción, que rebase las fronteras del mero conocimiento de su
existencia. Pero esta conmoción puede
ser tan grande que ese algo no llegue a imprimirse como un suceso de nuestra
vida, que lo neguemos dentro de los márgenes a que nos emplaza el destino o la
vida que queremos para nosotros. El proceso de asimilación de la Realidad y de
nuestra circunstancia personal es lo que llamamos autenticidad, así como el
proceso de asimilación de la idea de Dios es lo que llamamos santidad. La
terquedad con que el hombre se niega a doblar su mirada hacia estas realidades
lleva consigo una pregunta brutal: ¿Es la historia de un hombre el relato de la
muerte del Hombre que todos llevamos dentro, el de carne y hueso, el que se
aferra a la vida, el que sufre y se alegra y se entontece con el paso del
tiempo?
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