viernes, 23 de febrero de 2018

Tú brillabas como la alondra...


Tú brillabas como la alondra
en esa dulzura de las mañanas negras
que la primavera convierte en aguaceros,
y tu risa movía los cielos nobles
hacia el sur de caballos gentiles
dejando en los bosques la noche de su pelo,
el estorbo de un jinete, la luz atrás...
El invierno había pasado como un merodeador
levantando una copa por los malditos.
Y yo no te miraba por miedo
a que se llenaran tus ojos de una antorcha hiriente,
o se alumbrara de alegrías en tus pupilas
una inmensidad constelada,
un vértigo arriba y, abajo, más soledad.
 

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