He abierto tu corazón, vida mía,
y he encontrado una mañana llena de sol,
y una ventana abierta para mi soledad.
Era noviembre, y antes que la mañana
se pusiese fría, esparcí una rosa púrpura,
como queriendo colmar esta alegría
sobre tu corazón bueno y abierto.
No ha habido más pena que perderte
ni más silencioso duelo que el bien
de llorarte, encarcelado entre la rosa púrpura,
en la caja donde guardo tus cenizas.
Me bebo tu alma cada vez que te beso
y el aire que te conoce me dice
que estás presente durante mis noches malas,
y en mi días, en cada trozo de pan repartido,
en cada cada migajita de vida.
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