Vas llegando al calor que se dispara
de una frente a otra entre brisas,
de un pecho a otro con las balas alcoholizadas
de la vid que nos sumió
en aquellos obcecados amaneceres,
porque ya no nos quedaba otra cosa compasiva
que ver el nacimiento de los días.
Bello fue que nos encontráramos
y que albergáramos rostros y camisas blancas,
y la luz que nos sanó y se revolcó a nuestros pies,
esa víbora enamorada que saltó más luminosa,
mientras más presentía que nos quedaríamos,
desde la somnolencia a los brazos,
esperando que fueran tendidos, rabiosos y solos.
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