Mira, ven a mi sangre,
desarróllate en mi carne,
al crepúsculo de mi cielo
ven a romperlo contra mis huesos.
Dame tus ingles. Huye.
El equilibrio de tus piernas...
(¡Ah, el equilibrio de tus piernas!)
Huye, corre lejos.
Todo es tumba abierta aquí.
Acero, te digo: ¡Reverbera!
Y huyes descalzada hacia un jardín extraño.
Blanca, te digo: ¡Resplandece!
Y un vocerío de estrellas te rodean.
Áurea, te llamo
y llegando pareces una cosa tan blanda
que va a estallar en rosas carmesíes.
Llegando a mi sangre,
te hundes en equilibrio bajo la tierra mojada
que bebo en tus piernas.
Llegando siempre te desvaneces,
pasas de largo descalzada
en un equilibrio de transparencias huidizo.
Y digo: ¿existo? ¿eres? ¿existimos?
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