He visto tu cuerpo sin lumbre,
cansado como una roca
de existir o poder morir.
Y he abierto un río
para verte nadar libremente,
delgada y como si no existieras,
o ahogada bajo una lumbre lunar
en una orilla de fango.
Luchas, no luchas,
oyes, no oyes que te llamo
y despiertas bruscamente viva
de un túnel lívido y vivo de arenas,
porque oyes y oyes
el silbo con que te rodea,
la sombra que perfuma el sucederse
de esta estrella que te mira
nadando hasta la otra orilla,
tú que roes, que vas desgastando
la luna y los cuerpos celestes deshabitados.
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