La casa huele a perfume de adolescentes
que arrastran una sed todavía silenciosa de amor,
y, en ese aire oscuro, se remueven contra la vida,
y se amanceban, cosas de ayer, cosas que dicen adiós.
¡Pero aún no llores! Al desencantamiento le suceden
claras y breves ansiedades, y el perdón
a no sé qué puta que llevamos dentro pero florece
cada día con sensuales estallidos de risa y corazón.
No llores todavía, no pruebes las lágrimas aún.
Es domingo de luz para jugar a la sinrazón
y comerte los sueños que crecen al lado de las flores.
Prueba a desnudar tu espalda al sol.
Esa brisa que pasa dejándote erizado
es el beso silencioso del buen clamor
en la carta amarillenta del que pasa,
letras que nos asustaron de un imposible verdor.
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