Yo tenía un amigo. Tengo esa certidumbre,
sólo esa, y que volvíamos llenas de flores
las manos, mil flores o dos mil flores,
con gloria en los costados.
Volvíamos con una melodía que se cerraba en los oídos
del piano, ya casi nocturnos y heridos,
¡tan jóvenes!, de algunos breves labios aún apagados.
...Volver a andar el sendero bendito,
bajo un cielo majestuoso, plegados
hacia la infancia, y contemplar de nuevo el llanto,
recóndito y a flor de piel, tan vanamente envenenado
de nuestro mismo amor; censurado,
-¡éramos tan jóvenes!-, por manos de un pintor
de rostros veteranos.
Triviales manos que no portaban flores.
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