Viendo tu cuerpo tan herido,
acabándose y padeciendo bajo el aguacero,
cuando el mundo más ignora que es dolor de amante,
y sube hasta tus ojos una aflicción de prisionero,
y empieza la vida y la destrucción
a recorrer la espina dorsal en taciturno beso.
Entonces, cuando el deseo y el infinito transigen,
y duermo en la noche con mi amor ciego,
helándome de un misterio brumoso,
paciendo sobre mi pena sin consuelo.
¿En qué hora feroz te hablase entonces,
mujer tendida en mi rostro y en mi cielo?
Ha sido un placer leer este bello poema, la mejor forma de terminar el día, gracias José.
ResponderEliminar