Respiro del día la cadencia de la rosa,
imantado por un dios que sopla y golpea
mi frente con relámpagos,
que me habla y olisquea,
que se apiada de tanta luminosidad que sobra,
la que cae por mi espalda y flamea
terribles idilios entre la inteligencia y el día.
Quisiera, mejor, para mí una noche, padre. Dígale
a ese dios que me desposea.
¿Mi alma sin lumbre?... ¡Sin rosas, ya, también clarearía!
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