Mi pan despeñado en una noche inflexible.
La lengua que lame y chirría con su calmosa danza.
Vengo a abrirte la vereda
por la que escapar con la mujer del alba.
Ella vino torneando su cadáver. Hasta las caderas,
y mucho más arriba, podrás besarla.
En la danza hallarás púas
con que clavártela a la espalda.
¿No ves que viene sola y ya sin alma?
Robusta de calor y fresca, la brisa no la hiere, ni traspasa,
el huerto de su inmaculada entraña.
Tan acaudalada de muerte, tan ingenuamente inanimada...
¡Vean cómo la usan los hombres del alba!
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