El ángel
suyo se le durmió sobre el pecho,
y la flor
del corazón se le abrió
llena de
transparencias de insecto, seda y respiración.
Fue en un
alba chiquito, que también cabeceó,
y en un
mediodía sembrado de estrellas.
Acaso, otro
día, todo lo bañara el sol,
pero no sé…
acaso también Dios estaba dormido,
¡y era tan
extraña la vida con aquel pan de dolor!
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