Esta voz
hundida en el pecho,
ha bajado hasta
las extremidades
y ya no
quiere otra cosa que acariciarte.
Entiéndelo,
no son mis manos,
ni un
secreto frío y putrefacto que respirares,
ni tampoco
es vida que abandones
como el alma
del perro.
Son mi
sangre y mi viaje por la Tierra
que, como
antiguos capitanes
del mar,
abrazados bajo las aguas,
en el
esqueleto intacto sus espadas blanden.
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