martes, 17 de mayo de 2016

No por su mente...

No por su mente que todo lo viola, no por su delicado rostro tallado por una rosa durante los trabajos de la primera primavera, yo daría mi vida por su espalda, vértigo de las caídas que fueron alguna vez desde sus hombros. Vivimos los tiempos de los costillares benditos de agua y sangre, rotos de las frontales miradas de la cognición y esperando todas las demás frontalidades. Yo amo la espalda de Dios y razono que mi dedo que le apunta puede apuntar también hacia lo que odio. ¡Qué pena que tan grave viento milenariamente caído que la refrescó hállese vuelto loco! No tengo más pena que Dios haya cerrado y concluido su obra en este atardecer triste de espaldas hondas. Atardecer triste de nadas rebosantes. Atardecer de cerraduras y rosas.

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