No por su mente que
todo lo viola, no por su delicado rostro tallado por una rosa durante los
trabajos de la primera primavera, yo daría mi vida por su espalda, vértigo de
las caídas que fueron alguna vez desde sus hombros. Vivimos los tiempos de los
costillares benditos de agua y sangre, rotos de las frontales miradas de la cognición
y esperando todas las demás frontalidades. Yo amo la espalda de Dios y razono
que mi dedo que le apunta puede apuntar también hacia lo que odio. ¡Qué pena
que tan grave viento milenariamente caído que la refrescó hállese vuelto loco!
No tengo más pena que Dios haya cerrado y concluido su obra en este atardecer
triste de espaldas hondas. Atardecer triste de nadas rebosantes. Atardecer de
cerraduras y rosas.
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