Si un temblor de hombre te sostuviera
por encima de esa estrella misteriosa que miras,
y, con el frescor de la madrugada,
la nave prendida de la lejanía
tu corazón alzara y removiera,
y la vela expuesta al viento,
hermoso y vivo tú, te lleva a surcar el hondo mar,
entonces harás una soledad perfecta
con tus lágrimas a la Tierra
y esa embriaguez por los cielos de sangre.
Reinará el mediodía, lejos, muy lejos,
cuando caigas mordiendo la arena
con un clamor vertiginoso en el que hallaran
tu luz finita tendida en el lecho
y el tibio calor, aún presente, escapándose.
¡Adiós, a ti generador del póstumo relámpago!
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