Te quedaste dormido en una cumbre
donde yo no podía cubrirte con mis brazos.
Te dormiste con el socaire refrescándote
y de un extraño amor a la vida preñado,
tan pleno de Dios, tan dulce dentro de la oscuridad,
que la risa de las aves madrugadoras no te despertó,
ni aquel crepúsculo pudo herir más a las azucenas
que tampoco quisieron despertar
al gracioso temblor de nubes rojas.
Te dormiste, te dormiste, te dormiste...
Y me dejaste en el mundo herido,
herido, herido, muy herido... triste y herido.
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