Yo iba queriendo y no quise
entrar en un abatimiento muy pobre,
que no se abriera, que no percutiera,
cerrado siempre, blando siempre.
Los pétalos de una flor blanca me miraran
y no entendieran aquel sol tan apagado.
Diera en ti el amanecer el rojo estallido.
Diera tu sombra la vida que florece lluviosa.
Pero no entendieses mi pobre abatimiento,
mis alas que no se abrieran,
y fuesen blancas.
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