Parecen los aullidos una oración,
y parecen que atraviesan la benignidad
de sus cielos estrellados.
Los aullidos se arrastran y se elevan,
saben como dirigirse a Dios.
Y son también llantos que duran
lo que dura la miseria del animal,
que desgarra la carne y huye,
corre a las alturas, y pregunta por qué.
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