Dormido eras hermoso árbol viejo,
con tu sangre vieja, en el derrumbamiento
de las noches y las inmensidades arriba.
Eran las noches de otoño
una lluvia de estrellas sobre tus ramas esqueléticas,
hoy blando lecho dorado que abriga
el sueño de algunos locos muy pobres.
En cierta fiesta de la primavera,
yo grabé un corazón en tu tronco,
ilusiones que llenaron algo, no sé qué,
y que ahora sólo son vagas evocaciones
de una juventud maloliente.
Yo te alabo porque fuiste buen compañero
de graves momentos que me hicieron hombre,
de un sólo camino y una sola verdad,
y una sóla palabra terca
que el futuro dejará suavizada
en la alameda maldita que recorrí
mientras visitaba mi sombra.
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