Todo lo mío empujado a las calles,
echado hacia las aceras,
convertido en desperdicios.
Mi alma así la quiero yo extendida,
mi espíritu roto...
Una nueva respiración,
como una respiración de niño.
Cavad en mi jardín una flor
para que la mire un pobre de espíritu,
que no quiero otra cosa que esta luminosidad,
y una derrota soberbia
al soberbio y hondo ensimismamiento.
Sólo la luz,
sin sentir la sombra interior,
que quiero intacto al nuevo niño que seré
con la memoria desnutrida,
con el olor del chocolate en las manos,
enamorado automáticamente
de la que pasó por mi lado, desenredándome
de lo que mis ojos soñaran, que la mirarán de reojo
para no tragármela de frente hasta el corazón.