Cuando desciende una paloma, presiento un destino de cuchillos. A lo
lejos, yerran serpientes insomnes, incesantes hacia mí. No corren, no llegan,
pero mi frente se llena de sueños como piedras futuras hiriéndome. No
comprendería nunca por qué la tristeza es el crepúsculo y la dureza del hierro,
mi gloria amurallada. Dulce es el amor que recibe esta fiebre de mi onda
expansiva. La paloma que se ha posado es más que mi brazo extendido y mi mano
que pide una moneda de adioses. La paloma que levanta el vuelo es sólo una
confusión de azules. Cantando, tarareando la canción que me llevará a casa, oigo
no sé qué jardinero quemando la hierba, el ruborizado mal que se exhibe como
una flor bella o la mejilla de mi amante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario