La mujer que yo vi, iba enseñando sus manos feas. Nadie querría casarse con ella teniendo unas manos tan feas. Las abría, las cerraba, y parecía
quejarse el aire donde habían estado en suspensión. Yo las vi y fueron como un
golpe rojizo contra mis mejillas. ¡Qué sola y qué amarga vida de soltera! Con
sus manos podría haber hecho una mordaza para pisar todas las bocas de los
hombres. Pero ella se dejaba. Sus manos, sus manos feas. ¡Qué sola y qué amarga
vida de soltera!
-¡Niña! ¿Alguien posó en tus manos las suyas?
-Sólo mi mano izquierda en la derecha, señor.
Me conformo.
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