Yo era hermoso como una piedra en el dolor. Equivocáranse todos los
hombres bajo una andanada de lluvia, giraran aturdidos menoscabada la gracia de
Dios y pudiera yo tenderme levemente ignorando que caí. Ya no soy yo; otro
rostro artificioso precede al rostro amado, ya no hay sendero incendiado hasta
tu casa, oscuras manos tiendes hacia mí. Jardines soleados miran el poniente, y
crece una súbita maleza vespertina, y el beso es asesinado en la cintura de un
horizonte que ya no iluminará el relámpago. Yo era hermoso como una piedra en
el dolor. El estremecimiento que sentí andando hacia ti brillará un tiempo, y
pasará el candor de la tez mojada hundida entre las sábanas. Y este aliento que
me nace en el canto que ahora vuela a tus ojos, dejará una huella que será pisada,
y habrá un río que la arrastre y habrá una consumación de los tiempos que la
borre. Pero yo sé que no lo creeremos nunca y que vagaremos fantasmales por la
Tierra buscando no sé qué boca que tenga el mismo astro.
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