Traigo mojadas de un
misterio las cuencas que he formado con mis manos. Para beber de ellas, si lo
precisas, debes yacer en una penumbra como dentellada que va en el aire hacia
mis dedos. La riqueza no debe importarte, si la oscuridad envuelve tu figura de río que nace desde tu pecho. ¡Oír el fluido de la carne como vuelo! La riqueza
es el misterio que no comprendemos porque nos llama. Así es mi voz adentro de
mis manos. Traen la esperanza que vuelcan, y nada más. Tan sencillas partieron
con la ilusión de que tú las bebieras, que esperarían una primavera insólita
que, ya sin los cantos de las avecillas y las mustias flores desparramadas,
nadie, por segunda vez, hubiera flanqueado las tapias de su jardín.
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