Escucha el rumor de una
mente. Oyes el silencio atravesado por el sonido de un roce. Es la alegría que
se levanta o la tristeza. Oirás interminables campos de trigo rozados por la
noche del amor bueno. Tú puedes oírlo. Pero estás solo. Pero estás cantando en
una inmensidad de abandonos. Por tu vida pasan jinetes en corceles blancos
blandiendo las espadas con las que laceran tu piel. Y ese hipnótico reflejo de
tu sangre esparciéndose debajo de tus pies es cuanto respiras. Y no respiras
otra cosa que los sentimentales ojos del espejo que te cuentan de leyendas de
otros tiempos. Estás como bajando hasta las orillas de un mar. El mar de los
capitanes que ya no despertarán de debajo de las aguas, guardianes de un sueño,
de una patria, de un cerebro.
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