Frente viajera que vas a escapar tras las golondrinas negras. Arde en
la lejanía un territorio mojado por los espejismos. Contemplo los límites que
ahogaron de fuego íntimo a mi patria, inmóvil entre los tesoros y las armas
oxidadas que me traspasaron. Yace muerto aquí el perro amigo, y el viento que
removía hojas muertas allá en la infancia. ¡Qué vana es la libertad del sedentario!
Entre escombros entro en la maldición de un cuerpo nuevo, mi alma quedose lejos
en un jardín, llorando. Oigo mi voz como un canto perfecto. Habla de un
abandono eterno, y una paz constantemente sacudida, y un adiós implacable que
sale a las calles noctámbulas con la rabia y la pendencia.
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