Sobre mi pecho que mira
al cielo están tendidas tus mejillas. Yo las oigo como una respiración, en las
noches plenarias, cual animales, bárbaramente luchando inmóviles contra la
soledad que ha saltado sobre ellas. En la lucha jadean, se revuelcan, se sacian
de sangre, hasta que se recogen con gran silencio en el abismal infinito
estrellado. Entonces, las confundo con un ciclón sanguinario que fiero en el
centro de la noche me va a abandonar para siempre. Tendido boca arriba, agoniza
mi pecho en una explosión odiosa de músculos y carne selvática. Y apacienta mi
alma un adiós, más allá de lo humanamente interminable, al hombre que descansa
ilógico bajo la lluvia.
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