Ella tenía unas manos languidecidas, con incrustaciones en las uñas, por
las que no me detuve. Tenía los ojos turbios y fatigados, y seguí mi camino. Oí
su respiración debilitada en una noche, tan silenciosa, que lo retirado podía
pasar por colindante. Comprendí que aquella mujer era tan libre que estimulaba
la compasión. Fue en una noche bestial, apremiado por un deseo bestial, cuando
tomé la determinación de poseerla. Pagué, con mi dinero sucio, su cuerpo y el
alba que me la quitó de los brazos para siempre. Pero, antes, vi su corazón
pequeño, como una casa pequeña y hospitalaria. Una casa pequeña y hospitalaria en
la que pude entender que hacía falta un milagro para despertar mi corazón a las
tentaciones de los ángeles buenos, codiciosos de lunas insolventes.
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