Tus labios me empujan a las afueras,
abreviados en una noche pura,
abriéndose paso por exuberancias de saliva
y colmados de dientes y blanduras.
No nace la palabra ni la luz,
ni tiene estertor la hondura,
ni respiración tiene la abundancia
del aire que no ensanche la quemadura
del beso tuyo.
Ahí, en los sueños, por montañas airadas
de quebraduras y de oxígeno,
me brota una empedrada flor lastimada
de iracundo deseo y presencia taladrada.
Por el cosmos, una llanura
donde los homínidos rastrean el primer vocablo.
Tú, caminas agrupada a
su apetencia
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