Tiempo de retorno a los
antiguos paisajes,
a las formas juveniles
que dieron paz
a mi espíritu y
consciencia a los hombres buenos.
Cual mendigo vengo hoy
a pedir
de los sueños que me
enfrentaron a mí mismo.
Desnaturalizadas manos
de humos
con el índice me
señalan el Norte anclado en la memoria,
y al borracho entregan
el vino azucarado
y al soñador el hondo
pozo abierto.
Heridas quebrantaron un
tiempo la carga
de haber contemplado el
mar demasiado tarde.
Un despertar lo fija
(equivocadamente)
la clara mañana en que vi tus ojos de niña,
absortos o amenorados en
la ribera plateada.
No trajo más el mar
rotundo.
El invierno maduró y
perseveró con las lluvias
que hoy padecen todos
los ojos de mujer.
El mar como un surtidor
de cielo.
Los sueños en que me
contemplan unos ojos de niña.
Todo juega a
equivocarse y confundirse,
y del pasado sólo queda
un resplandor
que nos inmoviliza.