Hembra de carne y de sangre,
blando vocablo que está huyendo,
adioses y ecos de adioses caen
en pañuelos venideros agitados.
¡Tanta sombra en mí dejas!
La marejada de cabellos y besos
ya te está llamando como una noche
de inmensidades y cumbres que erizan
la mirada sobre los frutos rojos
y rompen el instante en que una lágrima
sopla un adiós confuso en tu mejilla,
tan sola bajo el universo rutilante,
que de amarme no puedes huir inevitable.