Mi vida
torcidamente sanguínea …
Yo amaba la
sal que fluía de sus muslos
y la
exuberancia de la mirada
oponiéndose
a la luz.
Mis sentidos
se vaciaron,
y los
párpados lamidos
se cruzaron
con una noche venturosa,
donde dormí,
enigmáticamente cegado
en sus
dulces brazos.
Lo comprendí
todo en un golpe
de mundo y
de carne.
Anocheciendo
iba la mañana
equivocada
que abandonó a la luna
con un dardo
en su sexo.
Carmín y un
bulto de sangre…
Era la única
conmoción que cabía
a un hombre.