El vino que
duerme en los labios,
discreto como
la barbarie
de mirar a
los ojos y no creer en ellos,
la flor que
no dejamos desarrollarse,
sombra, que
es inútil, donada a la sombra,
y el aire
colmado de lamentación tan irrespirable,
la hora que
fue lamida con asco y nos sepultó
en un verbo
incendiado e indeclinable.
¡Turbiones
amamantados! La herramienta de la muerte
que no
arrodillamos, inmensurable
en el frío
nocturno, ahora,
venera su
soledad y mala hambre.
Todas las
campanas del mundo
están gritando
locas bañadas en sangre.
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